Septiembre 2022

Columnas de opinión del Procurador General

Desandar el camino de la grieta y del odio

El repudiable atentado que sufrió días pasados la vicepresidenta de la Nación y el tenso clima generado a partir de dicho episodio y del trámite de la causa judicial de Vialidad Nacional ha vuelto a recrudecer un malsano ambiente en nuestra sociedad. Las disputas políticas parecen aumentar aún más la grieta que nos divide y conducirnos peligrosamente hacia el odio, que es un sentimiento que no puede tener cabida en la democracia que debemos seguir solidificando después de casi cuatro décadas de haberla felizmente recuperado.

Aunque las antinomias han tenido casi siempre un lugar preponderante en nuestra historia, lo cierto es que en las últimas dos décadas la profundización de las divisiones ha llegado a niveles absolutamente desaconsejables para la salud institucional de la República.

La generación y exacerbación de conflictos ha sido una estrategia utilizada por el kirchnerismo apenas llegado al gobierno nacional como herramienta para acumular poder. El enfrentamiento con el campo a partir del dictado de la recordada Resolución 125 produjo una fractura que fue calando hondo en nuestra sociedad, lo que por cierto aún perdura.

El conflicto se ha ido alimentado a fuerza del relato y los discursos, como también de los hechos. Si no reconozco a quien piensa distinto, ello lleva a convertirlo en un enemigo antes que en un adversario, en definitiva, a desconocer su legitimidad. Recordemos que frente a la derrota electoral a fines del año 2015 la entonces presidenta saliente decidió no asistir a la ceremonia de entrega del mando. Cabe rescatar que dicha censurable actitud no fue repetida por el presidente entonces entrante cuando, tras perder las elecciones en 2019, cumplió como correspondía con la formalidad republicana del traspaso.

Convengamos que el avance de algunas de las causas judiciales todavía abiertas por actos de corrupción ocurridos durante la gestión finalizada en 2015 ha vuelto a caldear negativamente el clima de rivalidad, ello a partir de la estrategia política y judicial de los acusados de mostrarse como perseguidos y víctimas del lawfare, una inverosímil argumentación que sirve solo para potenciar la polarización y el stress institucional. Basta ver en simultáneo hoy en día distintos canales de televisión informando sobre los mismos acontecimientos para comprobar cómo puede llegarse a tener una visión tan dual de la realidad.

En un contexto de creciente enfrentamiento es donde siempre, lamentablemente, los más extremistas encuentran su mejor caldo de cultivo. No es sorpresivo que aparezca el odio que, en su estado más puro, lleva precisamente al deseo de dar muerte. Asistimos así azorados al intento de homicidio a la vicepresidenta de la República que, como señalamos, merece nuestra mayor condena y nos debe llamar a una serena reflexión.

Todos los integrantes de la sociedad (gobernantes, miembros de la oposición y gobernados) debemos efectuar nuestro aporte a la concordia política, a la unión de corazones, que es lo opuesto a la discordia. Para ello hace falta modificar actitudes y conductas, moderar los discursos y evitar sobreactuaciones ideológicas. No puede culparse a los funcionarios judiciales que cumplen su tarea de hacer peligrar la paz social. Tampoco sirve sancionar una "ley contra el odio" que, en verdad, corre serio riesgo de convertirse en un instrumento de persecución.

Pacificar los espíritus es una tarea de todos, pero está claro que la dirigencia debe comenzar por dar el ejemplo.