El agua que iguala y sostiene

Inés Williams es una nadadora de 76 años y, junto a su nieta Carolina, son las protagonistas de la foto que ganó el concurso fotográfico de la Fundación Navarro Viola. Inés tuvo una niñez difícil: padeció tuberculosis a sus 7 años y, a pesar de los pronósticos, logró recuperarse. Hoy nos cuenta como el nadar la ayudó y ayuda para mucho más que mantenerse en movimiento.

El equipo que coordina Cultura en grande se puso en contacto con mi nieta Carolina, la fotógrafa ganadora del concurso Mirar en Grande de la Fundación Navarro Viola del 2019 para que contemos el contexto de la sesión fotográfica. Carolina Cruz, fotógrafa, me convocó para participar ya que la consigna era sobre actividades de personas grandes. Juntas evaluamos que la pileta era el espacio indicado. Un sábado a la mañana nos encontramos abuela y nieta en “mi lugar”, la pileta del polideportivo Sarmiento de Tigre. Caro, con su mirada abierta en el ojo de a cámara, fue haciéndome sugerencias; mientras yo estaba dentro del agua, nadando y jugando. Mi vínculo con el agua es sumamente vital, me llena de movimiento, infancia e imagen, ya que es una actividad permanente de salud en mi vida. Pensando en la invitación a escribir en esta revista, recuerdo otra foto: una del verano de 1947. En ella se ve a una niña de dos años, con el cuerpo en el agua, agarrada del borde de la pileta. Un rostro de felicidad iluminada por el juego de la infancia.

En este recordar sobre las distintas situaciones que he ido atravesando en la vida en relación con el cuerpo, la salud, el cuidado y el agua, me veo a de niña. Tenía siete años, pero yo no podía caminar por los dolores muy fuertes en las piernas. Luego me atendieron en la Capital, la junta médica diagnosticó: coxalgia, o tuberculosis ósea. Algo raro que exigía inmovilizarme desde mayo a fines de diciembre, con un yeso total e inyecciones diarias de estreptomicina, nada fácil de conseguir en esa época en que la penicilina recién se estaba experimentando. En esa etapa de enfermedad me sumergí en otra pileta: la cama. Allí nadé en el agua de los libros, de los cuentos, de la luz que entraba por las ventanas de la galería, que me llenaron de otros saberes. Los libros fueron mi fuerza, en la cama fui la pirata del Yucatán, la sirena de los mares, las niñas aventureras que recorrían el mundo. Libros y dibujos, que con la magia y vida de sus personajes, me conectaban con otras orillas de libertad.

A los pocos meses comencé la recuperación, fue de la mano de mi madre que no me soltó nunca y confió plenamente en la ciencia. Re aprendí a caminar, a jugar, a recuperar el cuerpo e iniciar ese continuo y diario camino de construcción de salud, buscando nuevos horizontes, mares y orillas.

Mi vínculo con el agua es sumamente vital, me llena de movimiento, infancia e imagen, ya que es una actividad permanente de salud en mi vida.

El agua fue el elemento esencial para recuperarme. Pude nadar y contar con manos solidarias. Una mano para ayudar a salir del agua, para mejorar el estilo, o simplemente para flotar. Ese “nadar” amoroso con los otros posibilita el encuentro para conocer las pequeñas historias de nadadores sin prejuicios. Están los que recién aprendieron a nadar, los que nadan desde siempre, los que luchan por superar sus propios tiempos y dificultades, los que nadan invierno y verano, los que cuentan y escriben sobre nadar.


Del otro lado: las palabras de Carolina

Decidí retratarla a Inés para el concurso de la Fundación Navarro Viola sin pensarlo dos veces, si hay alguien que representa una vejez distinta, llena de vitalidad y voluntad para mantenerse activo física y mentalmente es ella. Yo tuve el privilegio de tenerla de abuela y que me enseñe a disfrutar del agua, a jugar y a relajarse, dejándose ir y sabiendo que el agua te sostiene. Desde que realizamos las fotos, mi conexión con ella como con el agua creció, esa mañana en el polideportivo de Tigre se me abrió una puerta para disfrutar del agua también como deporte y como medio para el cuidado de mi salud. Con el premio del concurso Mirar en Grande me compré un pasaje a Australia, donde estoy ahora. Voy a nadar a una pileta todas las semanas. El agua nos sigue conectando, porque cada vez que me meto pienso en Inés y en todo lo que aprendo de ella, y porque nos da un espacio para compartir, aún a la distancia.


Hace muy poco, un martes de julio, me encontré que “mi pileta” siempre vacía, estaba ocupada. En los pasillos, había sillas de ruedas, bastones, prótesis, muletas. En un andarivel, un bote ligero de regata con sillín. Repartidos se veía a un grupo de jóvenes nadando y disfrutando la pile. Resultó que formaban parte del equipo de los Paralímpicos que participará en os juegos de Tokio 2020. Pensé mucho en el esfuerzo que hacían, en la capacidad para resistir y disfrutar en el agua. Ese martes hacia más frío que lo habitual, mientras yo nadaba por el andarivel habilitado, recordé a una mujer que con una sola pierna y sin traje especial nadaba en el Canal de Beagle, y a un chico que usaba sus muslos como alas para nadar a toda velocidad en la pileta pública de Miramar. Todos ellos, a pesar de sus dolores, dificultades y pesares lograban algo inmenso, superarse. Me impactaron por la fortaleza y agilidad, también por la actitud amorosa de los instructores y familias. Para todos ellos y para mí el agua fue y es el camino para estar mejor, en el que no se notan las diferencias. Le agradecí a la maravilla del agua que nos iguala y sostiene la vida, los sueños y la salud.