Encrucijada

Texto elaborado por Marisela Fuentes.

Siempre hay varios caminos y hoy elijo desaparecer.

El lunes comenzó así: en la mañana vino el equipo de salud, llegaron ataviados con sus trajes protectores y armados con sus aparatos médicos. Gerardo es contacto estrecho de un infectado. Ya estaba mostrando algunos de los síntomas. Nos hicieron el hisopado, solo él dio positivo. Suspiro, cierro los ojos, busco fuerzas en mi interior, miro mientras se lo llevan para que cumpla el aislamiento fuera de casa. No supieron decirme a dónde lo llevarían, que luego me llaman, eso dijeron. Él estaba atento a cuánto informaban los sanitaristas. Me clavó su mirada de rabia. Se fue enfurecido. Una de las doctoras, antes de irse, me dio, con mucho disimulo, una tarjetita, creo que me vio los morados recientes. Me dijo fuerte, como para asegurarse de ser escuchada: Señora, por lo menos un mes estará su esposo con nosotros. Me miró fijo a los ojos, como quien lanza un salvavidas a una persona que se ahoga en medio del océano. Yo estaba aterrada, como siempre. Hace tanto que vivo en este estado de pánico permanente.

Entro a la casa y pienso: me salvó la campana. Ya no tengo excusas. Es el momento, no puedo seguir dudando ni desinflarme a causa del miedo. Ya basta de darle vueltas al asunto. Voy al escaparate, agarro un bolso, meto dentro lo imprescindible, abrazo a mi gata Pandora, quien me mira orgullosa cuando le digo que nos vamos para siempre. Ha sido testigo de mi infierno. Es el tiempo de huir de esta pesadilla. Tomo de la mesita de luz el libro que he estado leyendo: Lección de cocina de Rosario Castellanos. Leo la idea subrayada con resaltador naranja yo seré en adelante lo que elija en este momento, siento mi corazón galopando de prisa, estoy asustada, guardo el libro en la cartera. Luego reviso la tarjeta que me entregaron, leo y marco la línea 144. Expongo mi caso.

"Saldré de esta oscuridad donde tengo miedo", Clarice Lispector.

Escucho temblando las orientaciones de la voz que me llega del otro lado del auricular, siento mis lágrimas saladas. Solo pienso en fugarme. Cuelgo el teléfono, abro la puerta de madera, luego las rejas, dejo todo atrás, “las cosas, cosas son” como dice mi amiga Ana, quien suele recurrir a la sabiduría popular al dar consejos. Camino a pasos apresurados, como si me siguieran, sigo andando hasta que comienza a oscurecer. El alumbrado público me ofrece sus luces en esta escapada en la que intento reencontrarme con la que fui algún día y con la que quiero ser mañana, ese futuro que aun veo lejano, pero hacia el que me dirijo. Siento que lograré sobrevivir. Pandora maúlla y ronronea, mientras le aseguro que estaremos bien. ¡Eso espero! ¡Cuántas paradojas! ¿Quién iba a pensar que en estos tiempos terribles de pandemia yo iba a ser salvada por el Covid19?


Encrucijada, por Marisela Fuentes.