Mujeres

Texto elaborado por María Itatí Albamonte.

Sobre la mesada de la cocina coloco los ingredientes para la salsa. Los tomates están lavados y el aceite ya está en la cacerola. Estoy cansada, dormí mal por el revuelo que se generó anoche. Los gritos hicieron que el vecino del 3°B llamara a la policía. Marita había denunciado varias veces a su novio porque le pegaba y la amenazaba con matarla. Pero el tipo volvía. Espero que ya no lo haga más. Que no le pase lo que le ocurrió a la hija de la portera. El novio le quemó con ácido la cara. Cada vez que la encuentro en la puerta del edifico su rostro desfigurado me recuerda al de Eligia. Pero a diferencia de Arón Gageac, ese maldito no se pegó un tiro en la soledad de su cuarto sino que se va a pudrir en la cárcel porque ahora hacemos lo imposible para que terminen presos.

Al cortar la cebolla mis ojos quedan anegados por las lágrimas. El aroma me remonta a la cocina de aquella casa chorizo. Vivíamos en una casa grande, con muchas habitaciones y con una cocina tan amplia como casi todo de mi departamento. Mi abuela cortaba la cebolla bien chiquita y la fritaba. El ruido de la licuadora me adormecía mientras hacía la tarea del colegio sobre la mesa de fórmica roja. El sabor dulce del Topolín en mi boca contrastaba con el olor a ajo. Junto a mí, mi hermana mayor escribía cartas a sus amigas en esos papeles perfumados con sus sobres haciendo juego. Mi favorito era el de Hello Kitty. A veces, le sacaba a escondidas alguno. Vivíamos en un ph en el barrio de Flores. Al fondo estaba Adriana con su marido y sus tres hijos. Ella no pudo hacer la denuncia como Marita. A veces la veía baldear la vereda con unos enormes lentes de sol. Parecía la Susana Giménez del barrio. Los vecinos de la cuadra conocían la desdicha de Adriana pero, al igual que ella, callaban. Disfrutaba jugar con Malena, su hija menor. En los días de verano, durante carnaval, llenábamos bombitas de agua en la canilla del pasillo y salíamos al ataque. A veces, mi amiga me contaba que su mamá se maquillaba mucho para tapar las manchas moradas que le aparecían en la cara. Cuando Adriana empezó a salir todos los días como Susana Giménez, mi mamá se preocupó. Intentó hablar con ella. Pero de nada sirvió. Al tiempo se mudaron a Ramos Mejía. No vi más a Malena.

"No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas", Mary Wollstonecraft.

Licúo el tomate mientras la cebolla se rehoga en el aceite. Faltarían varios años y varios domingos para que la salsa me quede igual a la de mi abuela. Sé que mis futuros hijos disfrutarán mi salsa, que los aromas culinarios serán parte de su infancia. Porque llegará el día en que encuentre a un compañero de verdad, no como el último que tuve que sacarlo a patadas por controlador y vago. Espero que a mamá le guste la salsa. Al final, se hizo ritual que venga a comer el primer domingo de cada mes. Mamá tampoco fue como Marita ni como Adriana. Ella permanecía estoica cuando papá la insultaba o la maltrataba. Papá… Cómo disfrutaba mirar esas películas que pasaban por el canal Volver en ese televisor de 42 pulgadas. Una caja negra enorme, no como los de ahora que son ultradelgados. Lo había comprado cuando nos mudamos del ph a una casa más chica, pero sin vecinos en el fondo. Se reía a carcajadas con aquellas películas en las que actuaban ese gordo y ese flaco tan famoso. Yo no entendía cómo le hacía tanta gracia ver a dos tipos que se pasaban todo el tiempo arrinconando y toqueteando a mujeres semidesnudas. Cuando le preguntaba solo me contestaba “¿acaso vos no escuchas todo el día a esa banda piojosa que canta fasolita querido?”. A mamá lo que más le gustaba de esas películas eran las imágenes de Mar del Plata. Le recordaba su luna de miel. Mi padre fue el único novio que tuvo. Soportó sus maltratos y sus celos. Nunca la dejó trabajar. La transformó en una inútil con su consentimiento.

La salsa ya está en plena cocción. Solo me falta agregarle una cucharadita de azúcar. Según mi abuela era fundamental para que no quedara ácida. Mi abuelo no quería fideos de paquete. Solo comía los que amasaba mi abuela. Ella al casarse dejo de lado su vida por él. Renunció a su trabajo de operaria en la fábrica, a su vocación por el baile, a juagar a la canasta con sus amigas. Pero nunca se quejó. Aceptó feliz su vida matrimonial en ese cuarto de conventillo hasta que nació mi madre y se mudaron a un departamento. Mi abuelo odiaba vivir en un edificio. Decía que era un conventillo de pitucos. Estuvieron juntos hasta el final. Murieron con seis meses de diferencia.

Pongo el agua a hervir. En poco tiempo llegará mamá. Hace ya cinco años que papá falleció. Al comienzo fue difícil para ella vivir sola. Pero con el tiempo no le quedó otra que resolverlo. Renació. Ya no es la mujer de antes. Conoció gente nueva, hizo amigos. Hoy me dijo que me iba dar una feliz noticia. En estos pensamientos estoy cuando escucho nuevamente gritos por la ventana de la cocina. Me asomo. Esta vez es Daniela, la chica del 2°D que se pelea con el novio.

¿Llamo a la policía?–, me pregunta el vecino del 3°B sacando medio cuerpo por la ventana.

No creo que sea necesario. Daniela siempre lo echa-, le grito.

A los minutos escuchamos un portazo. Daniela trabaja en una fundación para mujeres víctimas de violencia. Suelo ayudarla a organizar eventos para recaudar fondos. Todavía falta mucho. A las pibas las siguen matando, me repite siempre que la acompaño a la fundación.

El agua está hirviendo. Suena el timbre. Me apuro a colocar sobre la mesa tres platos. Tengo la corazonada de que mamá vendrá con la noticia tomada de la mano.


Mujeres, por María Itatí Albamonte.