Dasha

Texto elaborado por Marisela Fuentes.

Cada tarde la veo salir de su taller para sentarse un rato en la Confitería La Capital. Suele llevar un libro consigo, y lo sostiene como quien protege un preciado tesoro; procura sentarse en la terraza, pide un té con dos medialunas y se demora, con la mirada perdida en el infinito, revolviendo, distraída, el azúcar dentro de su infusión. Al rato, como si despertara de un largo sueño, o como si estuviera de regreso de algún lugar muy lejano, comienza a tomar, pausadamente, su merienda. El libro permanece quieto a su lado derecho, recibe de vez en cuando una caricia de su mano, lo toca amorosamente a lo largo de toda la cubierta, lo mira y regresa a sus pensamientos. Es solo, al terminar de comer, cuando lo abre, justo en la página que ha dejado marcada, y comienza a leerlo. Es un ritual de todos los días que yo observo con placer desde la librería Ágora, que está situada justo enfrente de la confitería. Reviso lentamente títulos, portadas, leo las solapas y contracubiertas, así espero el momento de salir de la librería antes de que mi hermosa heroína pida la cuenta. En ese momento llego, simulando sorpresa al encontrarla, la saludo y le muestro el nuevo título que he adquirido. Ella me invita a sentarme y conversamos un rato sobre nuestras recientes lecturas, pido un café con leche en jarrito que alarga nuestra tertulia. Sus inmensos y luminosos ojos verdes me atrapan e intimidan. Ella se ríe de mi nerviosismo. En ese momento la siento presente en este mundo, ya no es la mujer silenciosa que habita un lugar desconocido y que miro desde la vidriera de la librería.

Dasha llegó a nuestro barrio hace 20 años con sus dos nenas. Aún habla el español con dificultad. Con mucho esfuerzo y constancia montó su taller de costura, allí pasa horas trabajando. Ya tiene dos ayudantes y por eso se da este rato en el café. Vive sola porque sus hijas y nietas viven ahora en Alemania, Las chiquitas no hablan ni ruso ni español y ella no habla alemán, solo se comunican con gestos a través de video llamadas. Se entristece cuando me lo cuenta, entonces le pregunto por Kira y Tasya y me regala una inmensa sonrisa. Para hacerla más feliz le digo que sus gatas son hermosas y ya con eso le espanto las tristezas. Kira es una gata siberiana y Tasya es una gata persa de pelo corto. Son sus compañeras y las tiene muy bien cuidadas. Son admiradas por todo el vecindario.

Cuando me dice que debe regresar al trabajo siento un vacío que me paraliza por completo. Quiero hablarle de lo que no puedo seguir ocultando. Busco en mi maletín un paquete y le entrego una obra literaria recientemente publicada, es un regalo, le digo. Agradece risueña; la lectura es una de las afinidades que nos ha mantenido unidos este largo tiempo. En nuestros primeros encuentros me contó que fue librera en su país, historias de juventud, dijo en esa ocasión cuando me revelaba su pasión por la poesía. Deseo descubrir cuántos mundos se ocultan detrás de esa sencilla y hermosa costurera rusa. Nos despedimos y me reprocho tanta cobardía. Sigo mirándola absorto y decepcionado, la veo marcharse. Quizás algún día tenga el valor de confesarle mi secreto.


Dasha, por Marisela Fuentes.