Viaje de ida

Texto elaborado por Héctor Oscar Auger.

Me avisaron que tenía un llamado de Juan Carlos y pedí que me lo transfirieran al estudio. Fue austero con sus palabras y todo se redujo a concertar un encuentro. Hacía mucho que no nos veíamos, y en honor a nuestra entrañable amistad, tuve una ocurrencia muy oportuna. Debía viajar a Posadas por la firma de un contrato con una nueva empresa paraguaya, y me pareció una buena idea invitar a Juan Carlos a que me acompañara, y aprovechar un par de días por allí, disfrutando la naturaleza y la buena hotelería celebrando nuestra vieja amistad.

Puntualmente nos encontramos en Aeroparque, donde mis colaboradores ya tenían alistada la nave y aprobado el plan de vuelo. Fue suficiente la hora y media en el aire para que Juan Carlos me explicara minuciosamente su descubrimiento, al cual me comprometí a detectarle alguna fisura, que no lo dejara parecer tan redituable como infalible.

Fueron numerosas copas de champán, algunas jam sessions en el lobby, y no menos caminatas por senderos selváticos, el tiempo que le dediqué a encontrar algún error en el sistema de Juan Carlos, mientras procuraba analizarlo sin pasiones.

De regreso en Buenos Aires, lo hice llevar a su casa, y no dejé de pensar ni un minuto en el desarrollo que me había presentado hasta el mismo día que nos encontramos en Dársena Norte para embarcarnos en el Buquebus hacia Montevideo y de allí a Punta del Este. No encontré la falla, como tampoco hallé en mi frondoso historial empresario un negocio que hubiese arrojado un rendimiento siquiera similar al plan de Juan Carlos.

Nos alojamos cerca de la terminal de ómnibus, en El Embajador. Un modesto y confortable hotel como para pasar desapercibidos. Eran sólo cuatro cuadras hasta el Conrad Casino & Resort, que caminaríamos a la ida para concentrarnos y al regreso para relajar tensiones. Fueron tres largos y fructíferos días al cabo de los cuales ya poseía una cuenta como jugador premium, y créditos suficientes como para bonificar mis comidas y pasajes aéreos.

Al regreso nos despedimos en la entrada principal de Aeroparque sobre la avenida costanera, para volver a encontrarnos allí tres días más tarde.

La idea era conservar los intervalos de tres días en Buenos Aires para seguir atendiendo mis obligaciones, pero procurando prolongar las estadías en Uruguay, ya que el dinero que se ganaba era directamente proporcional al tiempo destinado a hacerlo.

Seguí sin encontrar deficiencias en la martingala, aun cuando aparecieron las pérdidas, ya que estaba seguro que los errores cometidos eran distracciones al ejecutarlo, y no vulnerabilidades del sistema. Juan Carlos, en cambio, perdió la fe. Algunas situaciones de alto stress provocaron en su psiquis una creciente inseguridad. Preferí no presionarlo.

Para qué negarlo, lo extrañé en mis caminatas de un hotel al otro. Planear en qué restorán usaríamos nuestros beneficios, implementar mejoras en los códigos de la anotación durante el juego, buscar apoyo moral cuando la audacia flaqueaba. En fin, la soledad del jugador es su única compañera permanente.

Volví en barco. Al bajar del taxi mi mujer me recibió sonriente en la puerta de casa. Buscaba sosiego en ella pero había una parte de mi derrotero en la que me sentía incomprendido. Ella misma y a su pesar, me llevó en el último auto que nos quedaba hasta la estación pluvial de Ferrylíneas. Guardo con inmenso cariño esa última mirada que me propinó antes de arrancar, fue una bella imagen final.

El pequeño bodegón a la vuelta del Hotel Embajador no era una mala opción, salvo porque sus horarios eran convencionales, y los míos no tanto, así que por las dudas comencé a tener siempre algún paquete de galletas en la habitación.

Desde la Dársena Sur de Buenos Aires, la primera vez me fue difícil encontrar la combinación de colectivos que me llevaran a casa. Ya me acostumbraría. Desde que vendí los autos me fui haciendo muy conocedor de los recorridos. Tantos espacios vacíos en semejante casa me enfrentaban todo el tiempo a mi creciente soledad. Y más allá del dinero mediante, debo reconocer que hubo un par de chicas que fueron muy contenedoras mientras me ayudaban a transitar alguna que otra noche en Buenos Aires.

Como el tiempo sobraba, no me molestaba ir hasta Tigre para cruzar a Carmelo a bordo del Cacciola, mucho más económico, y de allí en bus a Montevideo, donde en el casino del Hotel Plaza podía apostar con dinero uruguayo, en lugar de estar obligado, como en el Conrad, a trabajar en dólares. Además podía hacerme de lo que ganaba, sin que se me absorbieran las utilidades a cuenta de algunos detalles que habían quedado pendientes en Punta del Este.

Corría agosto, así que se trataría de apenas un par de meses hasta que las temperaturas porteñas fuesen más amigables. No me pareció tan invasivo alojarme en el departamento de mi hija por ese lapso, y así no mortificarme diariamente por la falta del suministro de gas en casa.

Montevideo es muy bohemia. La poesía que habita sus calles del bajo cercanas al puerto me hizo tropezar con una casa por la calle Cerrito, cerca del Mercado, donde con muy buena voluntad unos uruguayos con quienes ya me había hermanado me apadrinaron, y así se me permitía acceder a jugar allí de una manera mucho más informal y desencartonada.

Transportes Murchison Uruguay, tenía sus playones cerca del barrio La Paloma en Montevideo, y por Barracas en Buenos Aires. No era tan lejos de casa. No más de hora y media caminando, que de paso reactivaba la circulación sanguínea después de largas horas en la caja de un camión. Debo reconocer que en días de lluvia y frío no era tan grato, pero al poco tiempo lo solucioné, ya que ante la necesidad de alquilar alguna habitación, busqué y conseguí una bastante aceptable justamente por la Boca, a pasos de Barracas.

Vergüenza es robar. Pedir una ayuda es digno. Pero en semejante ciudad, justo en esta esquina de la Boca, que venga a parar precisamente en este maldito semáforo nada menos que Juan Carlos…


Viaje de ida, por Héctor Oscar Auger.