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Día de las Mujeres Migrantes: historias inspiradoras y de superación

Fragmentos que fueron publicadas en el libro "Inmigradas", proyecto que recibió el apoyo de la Ciudad para su realización.

Miércoles 10 de enero de 2018

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Emiliana, el derecho a la vivienda digna

"Emiliana cargó sus ilusiones en un aguayo hace más de treinta años, cuando dejó La Paz rumbo a Buenos Aires. Su jornada comenzaba a las ocho de la mañana y concluía a la medianoche. Y en medio del traqueteo de las máquinas de coser, sus hijos creciendo, un tiempo en la escuela y otro en el taller, porque el taller era también su hogar.

Emiliana hizo de familia para otras mujeres de su colectividad, cuando la distancia del lugar de origen, la ausencia de nuevos vínculos, el espacio opresivo del taller o de la convivencia con extraños, las dejaba atrapadas en situaciones de violencia. De ese encuentro entre mujeres nació la Asociación Civil 27 de Mayo. Emiliana solo contaba con su Asociación y su empuje. Decidió acercarse, entonces, a una emisora de radio que transmitía para la colectividad boliviana y llamó a su gente a sumarse al proyecto. Alrededor de 100 familias respondieron a la convocatoria. Solo era el comienzo, el nacimiento de la cooperativa de vivienda.

En los casi diez años que el proyecto y la obra demandaron, siempre estuvieron las mujeres: para encontrar el lugar posible, para desmalezar el terreno, para ultimar detalles en el final de obra, para dormir en la casa mientras estuvo en construcción. Y en el presente, con todas las familias ya instaladas, ellas siguen estando para gestionar el cuidado del espacio y el bienestar de sus habitantes. El 27 de Mayo de 2016, en consonancia con su nombre y con la historia que le dio origen, la Cooperativa Centro de Madres 27 de Mayo, celebró el acto de escrituración de los doce departamentos, que representan doce viviendas para doce familias."

Lourdes, el derecho a la participación política

"Lourdes llegó a Buenos Aires desde el Puerto de El Callao, cercano a Lima, hace 25 años. un día cualquiera, preguntó a unas coterráneas por su propia gente. Entonces, ellas le responden: “no los vas a ver acá”. Y la llevaron a la villa 1-11-14. Allí se encontró con sus paisanas y aprendió a través de ellas lo que hasta ese momento no había vivido en carne propia: la discriminación. Los niños y niñas del barrio, hijos e hijas de familias peruanas, nunca habían aprendido las danzas y ritmos de su país. La razón: evitar ser discriminados y discriminadas.

El impacto que esta vivencia provocó en Lourdes, la urgió a rescatar de su historia y su memoria el título de profesora de folklore que atesoraba, y con él y su vocación enseñante, formó un grupo de danzas: Estampas Peruanas.

Ese grupo fue el comienzo de un camino sin descanso hacia la construcción colectiva de la identidad peruana, primero, y del reconocimiento como migrante, después. El acervo cultural transmutó en demanda social y lucha política. Por la identidad y el reconocimiento, como peruana y como migrante, integró y eslabonó Mujeres Peruanas en la Argentina, Asociación Mujeres Unidas, Migrantes y Refugiadas en Argentina (AMUMRA), el Foro de Migrantes y la Red de Migrantes."

Esseling, el derecho a la educación

"En su interminable llanura, la ciudad de Buenos Aires se desplegaba gigante ante los ojos de Esseling. Y si Caracas no lo parecía tanto, tal vez sea porque el mismo monte Ávila le da marco y otra perspectiva. ”Para allá está el norte”. Y, con esa brújula, ella rumbeó para el sur. Y aprendió a andar las calles de esta ciudad portuaria, sus barrios, y llegó a rincones incluso desconocidos para muchos de sus habitantes. Uno de ellos fue la Villa 31, dónde se sumó al Corredor del Plan Nacional de Lectura, dependiente del Ministerio de Educación de la Nación. “No conocía esa carga que tenía la 31. Venía de trabajar en Venezuela en proyectos sociales y, tal vez, por eso no me chocó”.

Comedores, escuelas, una biblioteca y hasta la esquina donde trabajaba un zapatero remendón, eran los puntos de encuentro por donde circulaban libros y relatos. De vez en cuando, un narrador transformaba el barrio en mágico escenario para sus historias. Entonces, la gente detenía su rutina y se sumaba al encantamiento.

Si Esseling tuvo una razón objetiva para quedarse y desistir de regresar a Venezuela, fue la inscripción a una maestría en Gestión en Procesos Comunicacionales, en la Universidad Nacional de La Plata. Pero al escudriñar en motivos más inciertos, tal vez fuera su enamoramiento de Buenos Aires. Al mismo tiempo, ofreció sus saberes en espacios diversos. Colaboró en un programa en la Radio de las Madres y, desde allí, hizo su primer acercamiento al feminismo militante y comenzó a concurrir de forma ininterrumpida a los Encuentros Nacionales de Mujeres.

Se vinculó, más tarde, con una asociación civil, La Casona de los Barriletes, que trabaja con niños y niñas en situación de vulnerabilidad social y tiene un hogar en el barrio de Liniers. En la institución, es responsable del área de comunicación. Desde allí, se ha sumado a un proyecto de radio, como productora y conductora de un programa semanal, Radio Casona, transmitido por internet, y en que el se abordan temáticas de niñez y adolescencia.

Con su residencia permanente y un Documento Nacional de Identidad por renovar recién en 2021, Esseling sigue apostando a Buenos Aires. Su experiencia de trabajo en organizaciones sociales, la animó a pensar, junto a dos compañeras de un curso de fotografía, en un proyecto de fotos, para llevar a cabo con adultos mayores del Hogar San Martín, una institución pública de esta ciudad que la sigue atrapando."

Zulema, el derecho a la justicia

"Nació en Tarabuco, capital de la provincia de Yamparáez, una de las diez que conforman el departamento de Chuquisaca. Siendo aún niña, comenzó a colaborar con su padre en el Registro Civil donde él se desempeñaba como notario. Había aprendido de su madre, una mujer de pollera plisada, bilingüe que hablaba quechua y español y un modo de ver el mundo. Esos saberes la volvieron una intérprete invalorable en la oficina del Registro Civil.

La determinación de ser abogada le valió de su padre un: “No vas a poder estudiar derecho, no te van a hacer caso, hay pocas mujeres que dediquen a eso”. Y el día que debía inscribirse para contaduría pública, según el mandato paterno, el encuentro casual con una amiga y su propia desobediencia torcieron su destino. Zulema cambió de fila y se anotó en la carrera de Ciencias Políticas, Sociales y Jurídicas de la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca,

El deseo de reunificación familiar la trajo a Buenos Aires, en 2001, a ella y sus hijos. Y fue un comienzo impensable para una mujer que siempre había trabajado de puertas para afuera, tan pública y comprometidamente. “Hacer solo los deberes de la casa” fue algo nuevo para Zulema. Y brotó nuevamente su voz y se tornó un torbellino de nuevos haceres: tomó contacto con el movimiento de derechos humanos, se sumó a otras mujeres migrantes en proyectos de trabajo por una nueva ley de migraciones, se acercó al Programa Todas de la Dirección General de la Mujer, se vinculó al Centro de Estudios Legales y Sociales –CELS– y a la Comisión Argentina para los Refugiados y MIgrantes –CAREF–.

Formó su propia asociación Yanapacuna, que en quechua significa “ayudarnos”. Y continuó estudiando. Hizo la Escuela Sociopolítica de Género en el marco de las propuestas educativas brindadas por el Área de Extensión de la Universidad de Buenos Aires y se reconoció en una práctica feminista que le venía de antes y que ahora engarzaba en conceptos y fundamentos teóricos. Validó su título universitario. Y todo incansablemente.

Cuando se animó a reencontrarse con su vocación en Buenos Aires, instaló una oficina de atención a consultas de compatriotas en el barrio de Liniers, “había sábados que tenía hasta 30 personas”. Luego, ya habilitada para ejercer como abogada, amplió su quehacer profesional a un estudio en el centro de la ciudad."

María Rosa, el derecho a la memoria afectiva

"Hay un jardín en una casa del barrio de Floresta donde el verde crece, desborda, eclosiona. Un jazmín celeste –celeste en flores, pero verde en hojas– trepa sin más límite que la pared medianera que lo sostiene. Lantanas, hortensias, crisantemos, mentas, romeros, salvias, apenas dejan entrever un hilo de sendero. Y aquí y allá asoman las retamas, que “en Galicia se llaman xestas”, en delicado movimiento, pintado el sol en sus flores. Y no falta la parra ni el tronco de un castaño que se secó. Las retamas, como la parra, como el verde todo, evocan a Galicia. El jardín de la calle Joaquín V. González, en Floresta, fue bautizado con el nombre de “Pequeño Marrozos”. Porque Marrozos es la parroquia donde, hace más de sesenta años, nació María Rosa, la habitante de esta casa.

Cuando llegó a Buenos Aires, junto con su madre y su hermano, María Rosa no había cumplido los cinco años. En la gran ciudad sudamericana, en “la quintaprovincia gallega”, como solían llamarla por la cantidad de inmigrantes de ese origen que en ella residían, los esperaba su padre. Ese hombre “seco y poco demostrativo” que descubrió a su llegada, ese hombre que alguna vez combatió en la guerra civil, había migrado a América cuando ella tenía tres meses, a instancias de unos primos que tenían una importante panadería en el barrio de Constitución.

Para María Rosa, la reacción emocional del chico es la del exiliado, forzado a partir. Ella la resume en “bronca hacia los padres” y, de un modo más descarnado aún, como “sentirse abusado de alguna forma”. De eso se trata el dolor por las pérdidas; de una herida que no se cura. María Rosa no volvió a ver a su abuelo y llora cada vez que lo recuerda.

Para María Rosa, todo cuanto refiere a la identidad tiene valor emotivo y constituye a la persona. “Es su estructura, su columna vertebral”. Es lo que siente y no lo que lo que otro u otra opina que debe sentir. “¿Por qué tenía yo que dejar de sentirme gallega para ser argentina? ¿Por qué no permitirme ser las dos cosas?" En un jardín de Floresta, María Rosa reconstruye el paisaje emocional y preserva la memoria".

Tomasa, el derecho al trabajo

"Tomasa llegó a Buenos Aires en el año 2007. Se instaló en la villa 21-24, en Barracas. A los dos años de su llegada, Tomasa supo que estaba embarazada. Y, tan pronto como quedó embarazada, su pareja la abandonó. O se alejó del todo, pues nunca habían vivido juntos. Más bien, habían sido meses de “va, viene, va, viene”, entre ella y otras mujeres, de maltrato emocional, de violencia verbal, de una humillación “que te tiraba ahí en el lodo”. Cuando evaluaron que su embarazo era de riesgo, Tomasa debió dejar su trabajo. Sostuvo el alquiler con el poco dinero con que contaba y, hasta donde pudo, con la buena voluntad del dueño. Después, fue la calle, “pero la calle, eh”, en el más literal –o real– de los sentidos.

Entonces, acudió a una figura emblemática en el barrio, al padre Pepe, que habló a la Dirección de la Mujer “y, en un día, hicieron todo”. Desde Barracas, dónde fueron a buscarla, llegó a la Casa Juana Manso. Su bebé nació allí, o, mejor dicho, en el Hospital Dalmacio Vélez Sarsfield, mientras vivía allí. Un año y cinco meses permaneció Tomasa en la Casa, primero embarazada, luego con su hijo Donato. En todo ese tiempo, la Casa fue su hogar, con todo lo complejo que representa conciliar una institución y un hogar, pautas que han de aceptarse y espacios y momentos de intimidad.

Tomasa comenzó a trabajar de cocinera en un Centro de Primera Infancia, cercano al Parque Avellaneda, al que concurría con su hijo pequeño. Cuando Donato cumplió un año, madre e hijo dejaron el hogar con un subsidio habitacional. La vida autónoma, con un niño pequeño, no fue fácil. Y Tomasa, porque sabe hacer con sus manos y porque estudió administración de empresas, se propuso trabajar independientemente.

Y hace arreglos en costura. Y teje. Y sigue trabajando en casas de familia. Regresó a la villa que la había recibido cuando migró y alquiló un nuevo cuarto, pequeño. Dice que trabajar por cuenta propia es una ventaja “porque no dejo a mi nene con nadie”. Y obtuvo una beca para seguir estudiando y se recibió de operadora de máquina en el Centro Metropolitano de Diseño. Por ahora, cuenta con una máquina familiar, chiquita, pero necesita tres: overlock, recta y collareta.

Con el propósito de conseguirlas, Tomasa se sumo al Programa de Empleo Independiente que ofrece el Centro de Integración Laboral de su barrio, destinado a microemprendedores y microemprendedoras. Participar del Programa tiene sus requisitos. En primer lugar, “tenés que saber hacer cosas y diferenciar tu producto.” Además, cumplir con una serie de cursos. Recién entonces, llega la ayuda económica. “La plata no te va a venir así nomás. Tiene su proceso y su forma”.

Otra de las condiciones es que el espacio donde instale sus máquinas sea el adecuado. Y Tomasa piensa que si el dueño de la pieza que alquila “agranda un poquito más una pared”, tal vez, quepan las máquinas. Si cada paso se cumple, llegará el dinero para comprar insumos, y llegarán las máquinas: la overlock, la recta y la collareta.

Con su saber hacer, por su necesidad de conocer más gente y porque le ofrece un espacio posible en el que mostrar y vender sus tejidos, Tomasa participa, cada sábado, de la feria artesanal que se levanta en la calle Iriarte al 3500. Mantas, mesas, y la promesa de estantes. Un ejercicio semanal de compromiso y solidaridad entre vecinos y vecinas. Peluches, almohadas, vestidos. Cada quien lleva lo propio y entre todos y todas acuerdan los precios."

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