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Marcó un antes y un después en la vida de la Casa

Por Pedro Miguel PRUD’HOMME

Conocí a Ricardo Busso en 1978. Ambos trabajábamos en lo que hoy es la Procuración General.

Antiguamente se trabajaba con la modalidad de equipos letrado patrocinante y apoderado. Así Ricardo fue el abogado y yo el apoderado.

Lo que se inició como una relación de complementariedad laboral pronto redundó en una de las amistades más importantes de mi vida.

De la mano de Ricardo me sumé rápidamente a un grupo de colaboradores, gente trabajadora, profesional y de excepcional calidad humana, quienes me regalaron generosamente su amistad: Osvaldo Badino, Alicia Arból, Luis Torres Calderón, Alberto Cristelo, Marcelo Echeverri, por mencionar algunos.

Todos nosotros acompañamos, como una afinada orquesta –mérito siempre del director– la gestión de Ricardo como primer Procurador General, cuando asumió ese reto en diciembre de 1983.

Así, con el advenimiento de la democracia, Busso se planteó reinventar la Procuración General, que siempre se caracterizó por ser fecunda escuela de grandes talentos jurídicos, y lo logró.

Obediente de ese mandato, “el negro” asumió con gran responsabilidad y creatividad lo que fue una gestión que marcó un antes y un después en la vida de la Casa, jerarquizando la función técnica de la repartición, el trabajo del abogado del Estado y otorgándole una impronta de mayor jerarquía a la tarea que todos nosotros conocemos muy bien.

Humanamente, los que lo conocimos sólo podemos dar testimonio de su hombría de bien y generosidad, señas particulares de una generación que Ricardo supo llevar hasta su máxima expresión con una calidad sobresaliente.

Su reciente partida no nos priva de su carisma y ángel, porque como sucede con aquellos seres humanos tan singulares, quedó para siempre impresa en cada uno de los que lo acompañamos a lo largo de su camino.

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