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Somos mucho más que dos.

Disfrutamos aún más de la Ciudad cuando la compartimos con nuestras mascotas. Una nueva columna de Isabel De Estrada.

Viernes 7 de marzo de 2014

Esa tarde, me visitaba en Buenos Aires un amigo italiano. Mi labrador chocolate, Zorba, tenía dos meses y era una pelota peluda, irresistible hasta para el corazón mas duro. Era domingo y mi amigo quería conocer San Telmo.

Hacia allí partimos, con Zorba en brazos. Llegamos a una concurrida Plaza Dorrego donde nos costaba abrirnos paso. A la cantidad de gente que se detenía a mirar las antigüedades de los puestos ubicados en la Plaza se le sumaba la ternura y la curiosidad que despertaba mi delicioso cachorro. Caricias, besos, preguntas…

No habían pasado veinte minutos cuando mi amigo se detuvo y mirándome exclamó: “¡Ahora lo llevo YO! ¡Quiero que todas las chicas de Buenos Aires vengan a mí!” A partir de ese momento, empezó su relación con los porteños… Conversaba –sin hablar español- se reía y gesticulaba sin parar.

Desde entonces, jamás me ha pasado de caminar por las calles de mi ciudad en compañía de mis perros sin detenerme ante alguna pregunta de un desconocido o el intercambio de consejos y experiencias en la esquina mientras espero el semáforo para cruzar.

Algunas veces, no es más que una sonrisa cómplice, como quien pasa apurado pero “sabe de qué se trata” o la empatía que nos produce un amor común con cualquier desconocido. Aunque jamás haya visto antes su cara.

Gracias a mis mascotas, conozco a mis vecinos: al del kiosco, a quien atiende la panadería, al de la zapatería de al lado que los conoce por su nombre, algún extranjero que señala a mis galgos con sorpresa o a la señora del tercer piso que se preocupa y me pregunta por la salud de Amapola o de Clarita.

Ni hablar de los niños. En ellos producen una fascinación y alegría únicas.

Paradójicamente, la presencia de un animal en medio de la ciudad, nos humaniza como por arte de magia, como probablemente solo lo logre la presencia de un bebé. Ellos nos transportan a un mundo natural, inocente y noble. Nos conducen hacia nuestras propias experiencias, quién sabe por qué caminos. Tal vez ese perro viejo que tanto quisimos el cachorro que creció junto a nuestros hijos. O aquel que seguimos buscando, pues loco de terror una noche de año nuevo, huyó despavorido por la ciudad...

Lo cierto es que cuando recorro las calles de Buenos Aires sin su compañía; sonrío menos, me relaciono menos, ando más apurada y me cuesta prolongar amablemente una charla con quien me cruzo.

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