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Historias de mi Comuna: Cementerio de la Recoleta

Junin 1760

A principios del siglo XVIII, al huerto de los frailes recoletos descalzos lo perfumaron las madreselvas y las aéreas del río- mar cercano cuando el gobernador general don Manuel Rodríguez dispuso destinarlo para enterratorio general.

En 1732 construyeron en el lugar un convento y una iglesia, la que colocaron bajo la advocación de la Virgen del Pilar. Los lugareños terminaron denominando a la iglesia de los recoletos en simplemente la Recoleta, nombre que se extendió a toda la zona. Cuando la orden fue disuelta en 1822, el 17 de noviembre de ese año, la huerta del convento fue convertida en el primer cementerio público de la Ciudad de Buenos Aires. Se llamó Cementerio del Norte. Sus dos primeros moradores fueron el niño negro liberto Juan Benito y la joven María Dolores Maciel.

Era un terreno baldío desolado con muros bajos y la mayoría de las personas sentían temor de entrar en él. Los vecinos se quejaban y pedían que se cierre el cementerio. Hasta que en 1881 el primer intendente de la ciudad, don Torcuato de Alvear, hizo sentir su obra progresista, transformando el aspecto exterior del cementerio.

Se construyó un pórtico monumental formado por cuatro columnas dóricas sin base. Está organizado en manzanas. Las amplias avenidas arboladas dan a callejones laterales donde se alinean los mausoleos y bóvedas. En el centro hay una amplia rotonda de donde parten las avenidas principales.

Cuando entrás, sobre el pórtico, hay una serie de inscripciones. Son los primeros símbolos de la vida y de la muerte, representados en once alegorías. Recibe a los visitantes una frase en latín de los vivos para los muertos: Requiescant in pace, Descansen en paz. Y al salir el mensaje es de los muertos a los vivos: Expectamus Dominum, Esperamos al Señor. En el ingreso al cementerio hay tres fechas grabadas sobre el piso: 1822, año de su creación, 1881, fecha de su primera remodelación y 2003 tercera remodelación.

Allí reposan 350.000 almas. Veinticinco presidentes constitucionales, cuatro máximos gobernantes de facto, doscientos héroes de la Independencia y cien gobernadores provinciales. También artistas, políticos o deportistas renombrados. Los espíritus de nuestra más fina prosapia deambulan entre mausoleos, panteones, cenotafios y monumentales esculturas funerarias. Y en esa ciudad de muertos, los vivos pasean también porque el Cementerio de la Recoleta es una obra de arte digna de admirar y una invitación al sosiego.

Jorge Luis Borges solía pasear por esas avenidas sombreadas y escribió un poema fantaseando con ser enterrado ahí…

LA RECOLETA … Bellos son los sepulcros, el desnudo latín y las trabadas fechas fatales, la conjunción del mármol y de la flor y las plazuelas con frescura de patio y los muchos ayeres de la historia hoy detenida y única. Sombra benigna de los árboles, viento con pájaros que sobre las ramas ondea, alma que se dispersa en otras almas, fuera un milagro que alguna vez dejaran de ser, milagro incomprensible, aunque su imaginaria repetición infame con horror nuestros días. Estas cosas pensé en la Recoleta, en el lugar de mi ceniza. J.L.B.

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