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Hambre ¿Real o emocional?

Miércoles 15 de febrero de 2017

En nuestra alimentación siempre están presentes las emociones. Diversos estudios demuestran que los estados de ánimo y las emociones tienen un efecto poderoso sobre nuestros hábitos alimentarios.

Generalmente si estamos aburridos, tristes, cansados, o padecemos de ansiedad solemos buscar una manera de afrontar las emociones, y esto es a través de la comida. Los expertos sugieren que la emoción en sí misma no es responsable de una ingesta excesiva, sino más bien, la verdadera causante del sobrepeso, es la forma en que la emoción es afrontada por uno mismo.

Una ingesta emocional está vinculada a disminuir o aumentar el consumo de alimentos en respuesta a emociones negativas. Este no es un tema menor, ya que la relación entre comer poco o en exceso junto con el estrés tienen importantes implicancias para los desórdenes de la alimentación (anorexia nerviosa y bulimia nerviosa) y la obesidad.

Se cree que las personas calman o disminuyen la ansiedad mediante la comida. Por ello, en esta situación se tendería a comer en exceso. Según esto la comida cumpliría una función "ansiolítica" que permitiría controlar estos sentimientos. También se utilizarían los alimentos para distraerse de las emociones negativas. Así, a mayor necesidad de distracción, se requerirá consumir alimento durante una mayor cantidad de tiempo, aumentando la ingesta y generando la ganancia de peso.

La educación emocional junto con el aprendizaje de hábitos alimentarios saludables son aspectos centrales a tener en cuenta para tratar las diversas alteraciones de la conducta alimentaria.

Por lo tanto, para conseguir estabilizar el peso, los sentimientos y emociones deben canalizarse adecuadamente sin usar como intermediario o como finalidad la comida.

El fruto de una buena alimentación es un peso saludable y un estado de bienestar integral.

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