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Manuel Aguiar. Memoria y vigencia

Antológica que reúne más de medio centenar de obras producidas entre mediados del siglo XX y 2015: óleos, técnicas mixtas, acrílicos, témperas, cuerdas, telas, entre otros.
Del 5 de diciembre de 2015 al 7 de febrero de 2016.

La selección de obras que se exhiben se ordenan en cuatro núcleos: el primero, corresponde a la etapa constructiva en el Taller Torres García, basada en una pintura de entramado ortogonal, donde signos y símbolos del hombre universal se organizan aplicando la sección aurea. El segundo, la serie de pinturas con predominancia de un alfabeto sígnico, atraído por la simbología de las letras árabes. El tercero, la etapa gestual espontánea, en la que el artista se ve influenciado por la pintura china y japonesa fruto de su experiencia y visión budista o taoísta del instante, y por último, una síntesis abstracta dada por la inclusión de elementos materiales como cuerdas y calados concretando vacíos”, subraya Lorena Oporto, del Área de Investigación y Archivo del Museo Sívori.

Esta exposición indaga sobre los distintos periodos que el artista transitó desde sus inicios con el maestro Joaquín Torres García hasta la actualidad.

“El guión curatorial de Memoria y Vigencia se propone mostrar el hilo conductor que, entre diferentes etapas, enlaza el pasaje del símbolo al signo en las etapas constructivas, su transformación hacia el gesto y la valoración de la expresividad que surge del silencio y el vacío. En consecuencia, es una exposición que presenta obras de las principales etapas de su producción, pero no tiene carácter retrospectivo. Según analizamos, las búsquedas de Aguiar no solo presentan un correlato con las diferentes vías de aproximación a distintas tradiciones culturales, sino que expresan su disposición para insertarse en ellas y aprehenderlas”, señala Cristina Rossi, curadora de la muestra.

“Podría decirse que su trayectoria artística es lineal en el sentido del desarrollo de un itinerario consecutivo de etapas que abarcan una diversidad de construcciones que vinculan el pasado con la actualidad. Aguiar desarrolló en la extensión de su práctica creativa la pintura abstracta. El puntapié inicial lo da al zambullirse por completo en el universalismo constructivo de Torres García, con una breve incursión en la figuración en los años 80. Asimismo, se percibe que su experiencia plástica también es cíclica en el momento que el artista realiza investigaciones y retorna a imágenes propias anteriores, para replantear situaciones plásticas o semánticas de otras épocas y afrontar nuevas resoluciones (…) La meditación configura su estilo de vida y sus búsquedas expresivas a partir de los viajes que realiza a Turquía, Siria, Líbano, Egipto e Italia en 1954 y de los posteriores estudios de filosofías, religiones y simbolismos del oriente medio que completó en París hacia 1955. En esa dirección, el artista plantea en su obra una articulación de los aspectos formales o técnicos con los espirituales. (…) Sin lugar a dudas, cuando Aguiar se independiza de la rigurosidad en los criterios de proporción, unidad y estructura ofrecidos por su maestro, logra resolver de manera sólida una producción que interpela al espectador ante un instante que es movimiento y a la vez quietud”, destaca Oporto.

“En la convicción de que para dar lugar a la expresión interior es preciso deponer el control de la razón y permitir el silencio que dará paso a su emergencia, desde su regreso a Montevideo inició un progresivo alejamiento de la subjetividad de la pintura. Cuerdas, piolines, arpilleras o troncos comenzaron a funcionar como elementos reflexivos que le permitieron generar una nueva síntesis en la que interviene el vacío, el signo, el movimiento espontáneo de una cuerda o el desflecamiento de un hilo. Aun cuando el recorrido a través de las obras desplegadas en Memoria y Vigencia muestra las transformaciones que distancian visualmente a la obra actual de Aguiar del planteo constructivo en el que dominaba la grilla ortogonal y los símbolos, al analizar su poética se observa que mantiene vigente el núcleo conceptual de su formación torresgarciana, con la que comenzó esta búsqueda incesante de una expresión universal”, completa Rossi.

Sobre el artista

Manuel Aguiar es un pintor, docente y ensayista nacido en Montevideo en 1927. Fue alumno del maestro Joaquín Torres García y formó parte de su taller hasta 1958, participando en alrededor de veinte exposiciones y colaborando en la revista Removedor, órgano de difusión oficial de ese espacio. En 1950 realiza un viaje de estudios a Chile, Bolivia y Perú, donde permanece un año estudiando las diferentes manifestaciones religiosas y artísticas de las culturas precolombinas.

Visitando distintos sitios y museos proyecta la profunda interrelación entre religión, expresión artística y dinamismo simbólico existente en dichas culturas; asimilación que va a resultar fundamental en su posterior evolución artística.

En 1954 viaja a Grecia, Turquía, Siria, Líbano, Egipto e Italia, profundamente interesado por las primeras manifestaciones expresivas de las civilizaciones mediterráneas, en particular por las primeras escrituras y los primeros alfabetos. En 1955 se instala en París, donde trabaja y expone hasta 1985. Desde 1955 hasta 1958, asiste a cursos en el Collège de France (profesores Paul Mus y Henri Puech) y en los museos Guimet y Cernuschi, sobre la filosofía y el simbolismo de las religiones orientales: vedanta, budismo zen, gnosis, islam y sufismo.

Estos estudios y reflexiones van a producir, a partir del grafismo, de la caligrafía y de un trabajo sobre los ritmos respiratorios, una evolución en el lenguaje expresivo del artista. En relación con su actividad de pintor, también dictó cursos de pintura e historia del arte en la UPASEC (Vèrcheny, Drôme), durante dos años (1982 1983).

En 2000 realiza un viaje a la antigua Ruta de la Seda: Uzbekistán, Turkmenistán y Kazajistán, gran vía de comercio y de difusión del taoísmo, del budismo tibetano y del sufismo. La vivencia de esa influencia perdura en testimonios arquitectónicos de la época y a nivel popular, en lo que siempre fue un magnífico crisol de razas, de credos y de expresiones artísticas. Este viaje representó también un hito muy importante en la disposición creativa y en la evolución expresiva del artista.