Sala Mujeres en la historia argentina

Conocé el rol de las mujeres en la historia argentina (1810-1910)

Mujeres en la historia argentina (1810-1910)

Los relatos tradicionales de nuestro pasado han colocado a las mujeres en un conjunto limitado de papeles: espectadoras, viudas o huérfanas de héroes, abnegadas madres de familia o perversas mujeres inmiscuidas en la política. Pero, la realidad es mucho más compleja. El largo siglo XIX estuvo atravesado por su actividad en diversos frentes y por los debates en torno a sus capacidades y derechos. El Argos de Buenos Aires, periódico temprano de nuestro país, sostenía en 1823 que los varones y las mujeres no tenían las mismas facultades (1).

Ya desde los inicios de la historia argentina, las mujeres ocuparon lugares tan relevantes como diversos. Los primeros historiadores de nuestro pasado enfatizaron cómo los “grandes hombres” habían logrado el apoyo de amplios sectores de la población. San Martín en las provincias de Cuyo, y Belgrano en las del Norte, levantaron el espíritu público en ellas, conquistando el amor y la confianza de las poblaciones, consiguiendo que los ciudadanos acudiesen voluntariamente y con entusiasmo a sus banderas, haciendo concurrir hasta a las mujeres a la defensa común (2). El sacrificio máximo, para estos primeros historiadores, era la “entrega” de esposos e hijos a la causa revolucionaria por parte de las mujeres.

Esta sala, dedicada mediante cinco núcleos a contar algunos episodios de la historia de las mujeres en Argentina, se basa en los rastros materiales que han sido incorporados al Museo mediante los sucesivos legados que han constituido su colección. Pero, estos registros materiales son sumamente selectivos: dan cuenta apenas de ciertos aspectos de la vida de unas pocas mujeres, pertenecientes a la élite. De las “otras” mujeres, como aquella mujer en situación de esclavitud y “de excelente servicio” que se vendía en 1832 (3) , hemos perdido casi todo resto material. Solamente nos queda la obligación de recordarlas mediante las palabras e imágenes que las representaron.

La fábrica de la Patria por mujeres virtuosas: bordados, escrituras y pinturas, heroínas y benefactoras

El año 1823 significó, para las mujeres de la elite porteña, la posibilidad de integrar uno de los espacios más relevantes en el terreno de la acción pública. De la mano de Bernardino Rivadavia, las “matronas” de la ciudad conformaron la Sociedad de Beneficencia, responsable de diversos proyectos con el objetivo de producir un cambio tanto en las mujeres de la clase dominante como en aquellas bajo su protección. Como señaló Rivadavia oportunamente: “Es, pues, eminentemente útil y justo acordar una seria atención a la educación de las mujeres, a la mejora de las costumbres y a los medios de proveer a sus necesidades, para poder llegar al establecimiento de leyes que fijen sus derechos y deberes, y les aseguren la parte de felicidad que les corresponde” (4). De este modo, la Sociedad de Beneficencia conformó un terreno de acción pública que disputaba la supremacía de los varones en la conducción de los destinos del país, pues la institución adquiriría carácter federal con la creación de diversas asociaciones locales.

De esta forma, la Nación se sustentó sobre ideas, objetos y prácticas. En todas estas instancias, las mujeres ocuparon lugares y han fabricado, también materialmente, la Patria. Los saberes tradicionalmente femeninos, como aquellos referidos a las artes de la aguja, fueron centrales en la ejecución de los más diversos objetos y símbolos. La educación de las mujeres incluía, sin excepción, la costura y el bordado, ya desde tiempos coloniales. El mismo Juan M. Espora destacaba la generosidad y entrega de las mujeres de Buenos Aires que cosieron, en unos días de octubre de 1811, veinte mil camisas para vestir a las tropas revolucionarias.

El ocio ilustrado: tertulias, veladas y música en la primera mitad del siglo XIX

Las tertulias, desarrolladas en las casas de los miembros de la élite, conformaron uno de los ejes de la vida social de las clases acomodadas. Las mujeres de la alta sociedad fueron sobresalientes animadoras de cada evento social. Mariquita Sánchez (1786-1868), por ejemplo, se destacó en el canto y en la ejecución del arpa. Las mujeres se abrieron camino no solamente en las tertulias, de carácter doméstico, sino también en las celebraciones patrias en clubes y en otros espacios semi-privados. (5)

“Honestos y graciosos” (6), según Pedro de Angelis (1784-1859), eran los bailes que animaban las tertulias en ambas orillas del Río de la Plata a mediados del siglo XIX. A pesar del rol preponderante de las mujeres en este espacio de sociabilidad, estaban también sujetas a una cierta etiqueta. El propio Pedro de Angelis agregaba que “las señoras en lo general ni se sientan al piano, ni emprenden el baile, si no son invitadas”. En este sentido, las veladas actuaban como lugar de encuentros románticos y de ejercicio de la galantería.

El protocolo de estos eventos, donde las mujeres oficiaban de anfitrionas y de ejecutantes de talentos diversos, era sumamente relajado. Los viajeros eran recibidos sin mayores reparos y participaban de esta sociabilidad elegante. Sitio distinguido para hacerse visibles sin comprometer su “moral”, las tertulias también cumplieron funciones políticas y simbólicas destacadas para las argentinas de la élite. Por ejemplo, fue en el espacio privado de la casa de Mariquita Sánchez donde se gestó el “Complot de los fusiles”, que tuvo a las mujeres en el centro de la compra de armas para la causa revolucionaria.(7)

Mujeres invisibles: trabajadoras y esclavas en los albores del país

El Río de la Plata, que fue descrito por el viajero Richard Francis Burton (1821-1890) como “barroso y marrón” (8), era el lugar de trabajo de muchas mujeres. La figura de la lavandera, tematizada en la iconografía y reproducida en incontables instancias escolares, dominó largo tiempo el imaginario en torno a las actividades laborales femeninas. Pero, los trabajos de las mujeres fueron mucho más diversos de lo sugerido. Como maestras, educadoras, institutrices privadas, amas de leche, comerciantes, posaderas, fonderas, parteras, nodrizas, actrices, artistas y modistas, las mujeres estuvieron presentes en cada eslabón de la cadena de trabajo.

La abolición de la esclavitud, una deuda hacia las ideas que habían impulsado la Revolución de Mayo, era imaginada por algunos sectores como una emancipación gradual. La ley de libertad de vientres de 1813 impidió, junto a la abolición del comercio de personas en situación de esclavitud, el nacimiento de nuevas personas en este mismo estado. Sin embargo, los dueños de mujeres esclavas intentaban evadir este principio legal enviando a aquellas embarazadas a dar a luz en territorios donde la ley no se aplicaba, como en ciertos países limítrofes (9). En esos grupos sociales, la opresión fue múltiple. Los testimonios sobre sus vidas son escasos y presentan una visión claramente “desde arriba”.

El cuerpo en escena: belleza y política

Las concepciones del cuerpo y de la belleza han variado históricamente. La constitución de una sociedad nueva tras la Revolución trajo novedades en este terreno, al tiempo que la creciente actividad comercial puso a disposición de las mujeres de clase alta un vasto número de bienes suntuarios y de consumos de lujo. Simultáneamente, la demanda de retratos se hacía cada vez más intensa y la moda ocupó un lugar central en estas imágenes (10), que enfatizaban la personalidad y estatus social de los retratados. Los vestidos con amplias “mangas jamón”, la mayor variedad de colores en las telas hasta el predominio del “rojo punzó” y, sobre todo, los peinetones marcaron los primeros años de la moda durante el rosismo. El abanico actuó históricamente como un elemento no solo funcional, sino de elegancia y seducción. Émile Daireaux (1843-1916), en Vida y Costumbres en el Río de la Plata, se refirió a la destreza exhibida por las mujeres en su manejo del abanico. Complemento esencial de elaborados vestidos, los abanicos eran indisociables de la idea de elegancia y riqueza material, representada también por las joyas.

Nuevos horizontes: mujeres de la belle époque

El fin de siglo trajo aires de modernización y cambio a toda la Argentina. Las mujeres no estuvieron al margen de este proceso y ámbitos hasta entonces relativamente restringidos, se abrieron de lleno a la participación femenina. Al mismo tiempo, la influencia francesa en la cultura material se hizo más intensa: “todo lo que constituye el traje del hombre y de la mujer” provenía de Francia, señalaba también Émile Daireaux. Entre fines del siglo XIX e inicios del XX, la moda cambiaba y se adaptaba a los nuevos roles femeninos: el traje sastre (con chaqueta, falda y blusa) señalaba la presencia de las mujeres en actividades diversas como el trabajo fuera del ámbito doméstico o incluso el ocio al aire libre.

Referencias

(1) “Buenos Aires”, El Argos de Buenos Aires, Buenos Aires, 30 de abril de 1823, p. 3.

(2) Benigno Martínez, Antología argentina. Colección de trozos históricos crítico-literarios, Rosario, Imprenta, Litografía y Encuadernación de Jacobo Peuser, 1890, p. 295.

(3) “Se vende una criada”, El Lucero, Buenos Aires, 28 de abril de 1832, s. p.

(4) Andrés Lamas (dir.), D. Bernardino Rivadavia. Libro del primer centenario de su natalicio, Buenos Aires, Imprenta de S. Ostwald, 1882, p. 103.

(5) Jorge Myers, “Una revolución en las costumbres: las nuevas formas de sociabilidad de la elite porteña, 1800-1860”, en Fernando Devoto y Marta Madero (dir.), Historia de la vida privada en la Argentina, Buenos Aires, Taurus, 1999, tomo I, pp. 110-145.

(6) Pedro de Angelis, [Sin título], Archivo Americano y Espíritu de la Prensa del Mundo, Buenos Aires, 10 de octubre de 1844, pp. 532 y 533.

(7) Rita E. Latallada de Victoria, En el campo femenino, Talleres Gráficos de L. López y Cía., 1947, pp. 27 y 28.

(8) Richard Francis Burton, Letters from the battle-fields of Paraguay, London, Tinsley Brothers, 1870, p. 135.

(9) “Tráfico de esclavos”, El Argos de Buenos Aires y Avisador Universal, Buenos Aires, 9 de octubre de 1824, p. 3.

(10) Adolfo Luis Ribera, El retrato en Buenos Aires, 1580-1870, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1982, pp. 126-137.

(11) Claudia Berra de Kaplan y Marcela Fugardo de Rivero Ayerza, 100 años de vestidos, Buenos Aires, Sammartino Ediciones, 2010, pp. 35 y 39.

Georgina Gluzman

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