Sala Indumentaria y elementos de la vida cotidiana masculinos y femeninos

En esta sala encontrarás indumentaria y elementos de la vida cotidiana masculina y femenina del XIX.

La moda sale a la luz antes de mediados del siglo XIV, cuando aparece un nuevo tipo de vestido radicalmente nuevo, diferenciado solo en razón del sexo: corto y ajustado para el hombre, largo y envolviendo el cuerpo para la mujer.

La misma ropa larga y holgada que se había llevado indistintamente durante siglos por los dos sexos, comienza a desaparecer. Con la aparición del traje corto, a mediados del siglo XIV, la moda masculina encarnó de entrada, de forma más directa y ostensible que la de la mujer, la nueva lógica de la apariencia a base de fantasía y cambios rápidos.

La expansión social de la moda no ganó inmediatamente a las clases inferiores. Durante siglos el vestido respetó globalmente la jerarquía de las condiciones sociales: cada cual llevaba el traje que le era propio. Habrá que esperar a la gran renuncia de fines del siglo XVIII para que la moda masculina se eclipse ante la de la mujer. Los nuevos cánones de la elegancia masculina son la discreción, la sobriedad, el rechazo de los colores y de la ornamentación. Desde entonces, la moda y sus artificios serán una prerrogativa femenina.

La mujer pasa a ser la única depositaria del lujo, de la elegancia y de la belleza. Las diferencias en el rango y en la distribución de la riqueza, propia de los ideales del antiguo régimen, ya no se podrán conciliar con los objetivos de la gran conmoción social que significo la Revolución Francesa (1789) y los ideales que ella propagó en Occidente.

El traje simple y uniforme, expresión de los valores de la revolución, sustituyo gradualmente a la diversificación y al lujo. Con la revolución, el hombre, al ser el único sujeto político, tuvo que aceptar las consecuencias que, desde el punto de vista de la indumentaria, se tradujeron en sobriedad y austeridad en el vestir. Las mujeres de la alta sociedad, que tenían solamente un papel pasivo, continuaran arreglándose de forma cuidadosa, pomposa, excéntrica.
Nicola Squicciardino (1990). El vestido habla, Madrid. Cátedra.

Embellecerse significa diferenciarse

Señala Flügel que “la paradoja de la moda está en el hecho de que todos pretenden ser similares a los que consideran superiores y al mismo tiempo ser diferentes de aquellos que son considerados inferiores”.

Los decretos de la moda consiguen extenderse gracias al deseo de los individuos de parecerse a aquellos a los que se juzgan superiores, a aquellos que irradian prestigio y rango. Según este modelo de análisis, las clases inferiores, en la búsqueda de respetabilidad social, imitan las maneras de ser y aparecer de las clases superiores.

Éstas, a su vez, para mantener la distancia social y destacarse, se ven obligadas a la permanente innovación. De este doble movimiento de imitación y distinción nace la mutabilidad de la moda. Para conseguir conservar honor y prestigio, las clases altas deben dar y gastar mucho, deben hacer alarde de riqueza y de lujo, manifestar ostensiblemente, por medio de sus buenos modales, su decoro, sus galas, que no están sujetas al trabajo productivo e indigno.

Lipovetsky, por el contrario, afirma que las rivalidades de clase no son el principio de que derivan las incesantes variaciones de la moda, aunque sin duda las acompañan y determinan algunos de sus aspectos. Los perpetuos escarceos de la moda serian así, efectos de nuevas valoraciones sociales vinculadas a una nueva posición e imagen del individuo respeto al conjunto colectivo; el corolario de una nueva relación de cada cual con los demás, del deseo de afirmar una personalidad propia, que se difundió en el transcurso de la segunda mitad de la Edad Media entre las clases elevadas:

“Originalidad y ambigüedad de la moda; discriminante social y señal manifiesta de superioridad social, la moda es un agente particular de la revolución democrática, por un lado ha trastrocado las distinciones establecidas y ha permitido la aproximación y la confusión de las categorías; por otro, ha reconducido la lógica inmemorial de la exhibición ostentadora de los signos de poder. Paradoja de la moda: la demostración pregonada de los emblemas de la jerarquía ha participado del movimiento de igualdad de la apariencia”.
Gilles Lipovetsky (1994). El imperio de lo efímero. Diagrama. - J. C. Frügel (1964). Psicología del vestido, Bs. As. Paidos.

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