Miércoles 28 de Octubre de 2020

La sobriedad del palo borracho

Las máscaras son bisagras entre lo profano y lo sagrado, entre lo humano y lo animal, entre lo material y lo espiritual, antenas para captar lo imposible.

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Por Luisa Valenzuela*

Las máscaras son los más perfectos repositorios de nuestros miedos, nuestras creencias, voluntades y deseos. Porque en lo externo de aquello que se supone que ellas logran palpita la profunda necesidad interior de que así sea. Y es sabido que la fe mueve montañas.

En nuestra República Argentina sólo queda una etnia que para sus celebraciones utiliza máscaras rituales. Son los chané y ciertos chiriguano-chanés del chaco salteño.

Cuando el majestuoso taperiguá se cubre de flores amarillas empiezan los preparativos, se fermenta la chicha y se le pide permiso a ese otro árbol, el palo borracho, para irle extrayendo trozos de madera con los que se confeccionarán las máscaras.

Las máscaras chané están talladas en la blanda madera del palo borracho, árbol cuyo tronco espinoso luce forma de botella de vino Chianti. El palo borracho, como las máscaras, tiene mil nombres: tajibo, yuchán, samohú, samuhú, copadalick, mandiyú-rá, mandiyú, algodonero, palo botella, palo barrigudo, painera de Corrientes, árbol botella, árbol de lana, toborochi rosado, paina de seda, árvore de la paineira fêmea, lupuna, árvore de paina, barriga d’agua, bomba d’agua, paineria branca, paineria de espinho, árbol de la seda, ceiba de Brasil, kapoc, samoé. Científicamente era conocido como Chorisia speciosa, hoy Ceiba speciosa. Los chané del chaco salteño y chaco paraguayo lo llaman chuchán y lo veneran porque lo consideran el Señor de las Máscaras.

Hacia finales del carnaval fuimos a Tuyunti, pobre caserío de barro y paja en el árido chaco salteño más allá de Tartagal. Teníamos la intención de asistir a un pin-pin o arete, el baile ceremonia chané, pero llegamos tarde: se había acabado la chicha y por lo tanto también los días ceremoniales. Sólo quedaban en el descampado unos chicos que brincaban al son de una flauta de carrizo. Tenían máscaras de cartón y pedazos de tela armadas por ellos mismos imitando a los mayores, porque los chicos no les está permitido usar las verdaderas máscaras que representan, o mejor dicho son, el alma o chea de los antepasados.

Los chanés no mueren, me contaron en Tuyunti. Su espíritu se refugia en el palo borracho a la espera de que el mascarero lo rescate tallando la máscara. Eso sí, ni los mascareros pueden acercarse al chuchán cuando el árbol está “de encargue”, es decir embarazado, portando semilla.

A nuestra llegada ya no quedaban más máscaras de añá, ni el añá ‘ndechi ni el añá hanti, los distintos espíritus que pueblan el imaginario de este pueblo llegado siglos atrás desde el Caribe. Todas habían sido arrojadas al río, como una limpia, porque la máscara bailada durante los carnavales absorbe el mal de la comunidad.

No encontré allí las máscaras, pero sí la narración:

"El carnaval es gran baile que nosotros hacemos durar varios días. Para el entierro salen el toro y el tigre a pelear. Lo ideal es que gane el tigre porque es de los nuestros, al toro lo trajo el blanco, pero a veces la cosa se nos va de las manos y la pelea se vuelve seria y puede ganar el toro."

Eso sí, después las máscaras del tigre y el toro y todas las otras máscaras que se usaron, junto con cajas y bombos, se rompen y se queman o se tiran al río. El fuego o el agua se llevan los espíritus de los antepasados, todos los espíritus. El carnaval se va con todos los espíritus dañinos, y también con los buenos que regresan a sus pagos del más allá.

En Tuyunti y demás reservas chané, el pin-pin es bailado en ordenadísima aunque algo bamboleante ronda alrededor de un árbol. Hombres y mujeres del brazo arman breves hileras que se desplazan como los rayos de una rueda. Las mujeres sin máscara, el rostro embadurnado de rojo. Día tras día mientras corra la chicha. Cuando ésta se acaba en toda la comarca, cuando ya no queda ni una mazorca para ser fermentada, surgen del monte los cuchis o cerdos todos embarrados para hacer de las suyas, y también el toro y el tigre que se entablarán en lucha simbólica. Eso cuentan.

Por suerte encontré más tarde algunas máscaras y unos mascareros. En Campo Durán el cacique Máximo lamentó la pérdida de las tierras confiscadas por YPF porque entre otras cosas se opacaron allí los carnavales. Los jóvenes se han ido a la ciudad a rebuscarse la vida, y el tigre y el toro ya no aparecen casi nunca por allí, pero cuando lo hacen la simbología muchas veces se subvierte. Se supone que siempre ganará el toro, el mundo domesticado versus la barbarie del tigre.

“Pero usted sabe cómo son las cosas” reflexionó, pragmático, mientras tallaba máscaras de animales “Yo dejo que se las lleve el hombre blanco, que se lleve hasta los añás ya bailados, que se los lleven no más, así también los espíritus que chupó la máscara se alejan de nuestra gente y van a conocer otras tierras”.

No dudé de su palabra y adquirí unos ejemplares.
Y como tengo un dios aparte –el dios Momo, naturalmente—al volver a la ciudad de Tartagal el fin de semana siguiente al miércoles de ceniza nos topamos con un gran corso callejero. Y entre los carros alegóricos y los trajes de fantasía tipo murga propios de todo carnaval, desfilaron comparsas chané favorablemente aculturadas, porque las tradicionales máscaras se habían sofisticado y prestado a los juegos de la imaginación.

Logré adquirir un par, pintadas no con las tradicionales tierras sino con simple pintura comercial al aceite. No por eso son menos autóctonas. La más grande tiene el rostro clásico: un óvalo blanco con nariz aplicada y ojos y boca calados, pero la corona no es la clásica tablita sino dos personajes propios: una gran cabeza de indio color castaño con sonrisa reluciente, algo desdentada, y por encima de él la monjita de hábito azul, típica de las misiones de la zona. La otra máscara, más pequeña, tiene sobre la cabeza un águila de alas desplegadas.

Cada portador había tallado la propia máscara. Al igual que aquel joven que habíamos visto en Tuyunti tallándose una máscara muy elaborada, de cresta sorprendente si bien con el ovalado rostro de su tradición.

“No voy a usar tintes naturales”, nos dijo con cierto orgullo teñido de vergüenza, “la voy a pintar con pinturas brillantes de esas que se compran. Pienso lucirla en el corso de Tartagal”.

*Luisa Valenzuela es una reconocida escritora, viajera y tiene una colección de más de 200 máscaras de todo el mundo. (Fragmentos del libro Diario de máscaras)