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Exposición permanente: La eterna búsqueda de la realidad

Colecciones de Fotografía Estereoscópica del Museo (1900 – 1925). Testimonio de la evolución y desarrollo del consumo fotográfico.

Domingo 21 de enero de 2018

La eterna búsqueda de la realidad

Exposición permanente de las Colecciones de Fotografía Estereoscópica del Museo (1900-1925).

Todos los futuros posibles

Durante el transcurso del siglo XIX el hombre moderno se constituyó en el objeto central del pensamiento. La Ciencia le regalaba un progreso indefinido y mejoraba sus condiciones y expectativas de vida, la tecnología le permitía considerar un tiempo de esparcimiento, la luz eléctrica prolongaba su día y la fotografía ponía al alcance de su mano la posibilidad de retratarse, registrando, en cientos de imágenes, los momentos cruciales de su vida en este mundo.

De la perspectiva a la cámara oscura y de ella a poder fijar ese reflejo en un soporte duradero, el hombre persiguió siempre recrear la realidad como legado de su época a las generaciones futuras. Este soy yo, aquí viví y estos fueron mis logros. Esa especulación positivista le permitió pensar que el futuro dejaba de ser utópico, que no era tan lejano y que ya comenzaba en su presente, sumido en el vértigo de los adelantos tecnológicos.

La industria fotográfica aún no ganaba la categoría de arte cuando de la mano de todo tipo de experimentos ópticos se lograba la tercera dimensión con cámaras y visores estereoscópicos y, finalmente, la imagen en movimiento. El futuro que aspiraba a recrear la realidad con la mayor verosimilitud había alcanzado su meta.

Las primeras 3D

Nuestras retinas perciben los objetos desde ángulos diferentes, ya que estas distan aproximadamente 65 mm una de otra y es el cerebro el que compone de esas dos imágenes bidimensionales una sola en tres dimensiones. Esta capacidad es la que nos permite percibir el volumen de las cosas y la diversidad de planos en el espacio.

Basándose en Euclides, Galeno describió hacia el siglo II la binocularidad y siete siglos después, Alhazen relacionaba esta particularidad fisiológica con la sensación de profundidad. A conclusiones similares arribaron Kepler y Descartes, preocupados por los ensayos ópticos a mediados del siglo XVII. Ya el artilugio de la perspectiva había perseguido desde el Renacimiento un mayor realismo en la reproducción de la naturaleza pero, no fue sino hasta el advenimiento de la fotografía que la extrema verosimilitud fue por fin alcanzada.

En 1838 Charles Wheatstone escribió un artículo sobre la mirada estereoscópica que, junto al entusiasmo provocado por el novedoso invento de Niépce y Daguerre, renovó las especulaciones sobre la visión binocular. Para 1851, David Brewster lanzó al mercado una cámara perfeccionada con dos lentes que reproducían, en perfecta sincronía, la diversidad de las imágenes. Así nació la primera 3D: un registro más cercano a la realidad, aunque no dejaba de ser un mero truco óptico, se convirtió rápidamente en uno de los entretenimientos más populares y cuyo éxito no disminuyó ni siquiera con la llegada del cinematógrafo, presentado en París en 1895 por los hermanos Lumière.

Los estudios fotográficos de las principales ciudades del mundo recorrieron el globo en busca de los paisajes más bellos, las gentes más notables o exóticas, el arte y los oficios más curiosos, la ingenuidad del primer erotismo, los rostros señeros de las casas reinantes, la fauna y la flora más distantes y los llevaron, de la mano de infinidad de modelos de visores estereoscópicos, a la comodidad de los hogares de todo aquel que pudiera adquirirlos. Pronto las cámaras evolucionaron, se redujeron y abarataron y la magia estuvo al alcance de un público mayoritario, esta vez, no sólo como meros espectadores sino como actores principales de su propia realidad.

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