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La rectora que abrió su corazón y las puertas de su colegio para atender a los afectados por el incendio en Recoleta

Fernanda García Laplaza trabaja en el “Manuel Belgrano” de Ecuador al 1.100. Ante la situación, no dudó en poner el edificio a disposición para ayudar los vecinos en problemas. “La escuela es de todos”, dice.

Viernes 24 de junio de 2022

Fernanda García Laplaza es fanática de las bicisendas. Como todas las mañanas, el miércoles 22 de junio llegó a su trabajo en el edificio de Ecuador al 1.100, a las 7.15, montada en su bicicleta. Allí funciona el Colegio Número 6, del Distrito Escolar 2, “Manuel Belgrano”. Fernanda es la rectora.

A medida que se acercaba a destino notó que algo no estaba funcionando bien esa mañana. Colectivos que se desviaban de sus rutas habituales, ambulancias, camiones de bomberos, patrulleros, algunas corridas y los curiosos de siempre. Pronto se enteró que había un incendio en uno de los edificios de la otra cuadra, a menos de 100 metros del colegio. Poco tiempo después, alrededor de las 8, el fuego estaba controlado.

“Lo primero que hicimos –recuerda Fernanda-, fue chequear que todo estuviera bien en el edificio para recibir a los chicos: las instalaciones de luz y gas, todo”. El Manuel Belgrano es un edificio muy grande que recibe todos los días a 804 alumnos en los dos turnos, mañana y tarde. La primera preocupación de Fernanda era que los chicos no corrieran ningún peligro. Los que llegaban por avenida Córdoba tuvieron que desviarse y dar la vuelta a la manzana para esquivar las vallas del operativo de emergencia.


“Dentro del caos que puede generar un incendio en el barrio estaba todo muy ordenado y organizado. Estaba Crescenti: ¡palabras mayores!”, cuenta sin evitar el elogio para el titular del SAME.

Una vez que comprobaron que todo estaba bien en el colegio, Fernanda y los docentes de la escuela tomaron una decisión: “Salimos a buscar gente que estuviera en problemas o necesitara ayuda. En el edificio tenemos un salón muy grande calefaccionado y pensamos que podía ser útil”, explica.

Lo primero que encontraron fue a una “chiquita” de 21 años que había evacuado su departamento y deambulaba por la calle. “Era una estudiante de kinesiología de Mercedes, provincia de Buenos Aires, que vino a Buenos Aires siguiendo su vocación. Ella había escuchado las sirenas y bajó corriendo sin abrigo para protegerse del fuego. Cuando le bajó la adrenalina estaba un poco perdida. La trajimos al salón, le dimos algo caliente de tomar y la contuvimos. Después la llevé a mi oficina hasta que la pasaron a buscar los padres que tuvieron que viajar 100 km”, relata.

Siguieron buscando y encontraron otras personas en condiciones similares a las de la futura kinesióloga. Una señora con su familia, vecinos que no podían regresar a sus casas por los vallados de seguridad y hasta gente que había salido a pasear el perro y que el incendio los sorprendió fuera de sus hogares. La escuela les abrió sus puertas y, paralelamente a las clases, funcionó como un albergue solidario hasta que las cosas volvieron a la normalidad, poco después del mediodía. Las clases, a la vez, no se suspendieron.


“En total habremos atendido a unas 20 personas. Lamentablemente a los vecinos con perros no los pudimos traer. Pero también había gente que nos pedía usar los baños y los dejamos pasar. Vinieron del Sindicato de Encargados de Edificios que estaban buscando al portero y les averiguamos que estaba internado en el Hospital Fernández”, enumera. Las imágenes de una mañana diferente desfilan rápidamente por el recuerdo de Fernanda que habla a un ritmo que cuesta seguir.

En el salón del colegio todos encontraron un refugio del frío, una bebida caliente, contención y mucha solidaridad.

“Puse la escuela a disposición de la sociedad para lo que necesitaran. Los psicólogos del equipo de emergencia encontraron en el salón un lugar ideal para hacer base y poder atender a las personas que lo necesitaran”, resume Fernanda con el mismo orgullo con el que describe el edificio del “Manuel Belgrano” como “el más lindo de todos”.

Allí trabaja hace 15 años. Empezó como profesora de Matemáticas, hace tres años se convirtió en la vicerrectora y desde hace un año y medio es la máxima autoridad.

Después de una mañana agitada y ya avanzada la tarde, antes de ponerse el casco y subirse a la bicicleta para volver a casa, Fernanda concluye con total naturalidad: “No siento que hayamos hecho nada de otro mundo. La escuela está abierta a todo el barrio. Es de todos”.

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