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Big data y datos abiertos: cómo crean valor público los gobiernos y las empresas

Por Fernando Straface, Secretario General y de Relaciones Internacionales de la Ciudad

Lunes 11 de marzo de 2019

Los datos son el combustible del siglo XXI. Cada vez más nuestras economías se mueven impulsadas por este insumo. Los datos tienen el potencial de crear valor social, algo que ya está ocurriendo, con las empresas de base tecnológica en primer lugar, pero no solo con ellas.

Del 11 al 17 de marzo se celebra la Semana del Gobierno Abierto, impulsada por la Alianza para el Gobierno Abierto, de la que participan 99 países y 20 ciudades, entre ellas Buenos Aires. Líderes, funcionarios y expertos en gobierno abierto de todo el mundo comparten ideas, discuten soluciones y se comprometen con nuevos niveles de participación ciudadana en los gobiernos. Desde hace algunos años, en estas reuniones viene ganando terreno el debate sobre el valor público de los datos privados, los que generan y controlan las grandes empresas. Los datos abiertos, que ya están dando lugar a cientos de empresas y negocios, podrían generar más de US$3 billones al año según estimaciones de McKinsey.

Los conceptos de gobierno abierto, big data y datos abiertos están relacionados, pero no son lo mismo. “Big data” –o macrodatos– refiere a un conjunto tan masivo de datos que en general requiere un software especializado para analizarlo y extraer patrones. Un ejemplo es la base de datos de los millones de viajes que se realizan en bicicletas y subte en la Ciudad de Buenos Aires y está disponible en data.buenosaires.gob.ar. Los avances tecnológicos y la capacidad de procesar cada vez más datos redefinirán periódicamente cuántos datos son necesarios para que un conjunto sea considerado “big data”, en lo que será una vara cada vez más alta.

En cambio, “dato abierto” refiere a la posibilidad de que cualquier persona, organización o empresa pueda reutilizar un conjunto de datos para analizar tendencias, tomar decisiones, generar nuevas aplicaciones o crear empresas, entre otros cientos de usos. Para que eso ocurra, los datos tienen que ser accesibles de dos modos complementarios: deben estar disponibles y en un formato que permita su reutilización digital. Un PDF lleno de tablas subido a una web es información disponible pero no reutilizable, y por lo tanto no entra en esta categoría. Los más de 200 datasets de BA Data, en cambio, son datos abiertos. Allí el Gobierno de la Ciudad publica bases vinculadas con actividad económica, educación, salud, seguridad, turismo y cultura, entre otras categorías.

Es decir, mientras que big data se define por la cantidad, los datos abiertos se definen por su calidad. Por eso ambas categorías pueden coincidir, o no. Los datos abiertos no necesariamente tienen que ser “big data” para generar un impacto. Por ejemplo, abrir el listado de escuelas, hospitales y comisarías permite que las apps de mapeo las incluyan en sus sitios, y eso beneficia a millones de usuarios.

Por otro lado, no todo big data abierto proviene del sector público. Cada vez más, grandes compañías y expertos de todo el mundo están empezando a abrir y compartir sus bases en un nuevo modelo de investigación colaborativo. Por ejemplo, el BBVA se unió con UN Global Pulse para medir la resiliencia económica de las personas frente a desastres naturales. La empresa compartió los datos de puntos de venta y extracciones de cajeros automáticos de más de 100.000 clientes en México, donde es la principal institución financiera. Los datos –anonimizados– totalizan 25.000 transacciones diarias, cerca del 30% de todos los titulares de cuentas bancarias en el país. El equipo analizó los datos antes, durante y después del huracán Odile, en Baja California Sur, en 2014. El tiempo de recuperación promedio fue de dos semanas. Las conclusiones permitieron rediseñar respuestas de emergencia y programas de reconstrucción de los lugares afectados por el huracán. Según los propios autores del análisis, la información en tiempo real sobre cómo se preparan las personas para una catástrofe podría utilizarse para promover un abastecimiento selectivo de suministros o de transferencias monetarias a las poblaciones más vulnerables y con mayor riesgo. La dimensión pública de los datos privados posiblemente sea considerada en un futuro no muy lejano parte de la responsabilidad social de las empresas.

También cuando el sector público abre sus conjuntos de big data el impacto es enorme. En la Ciudad dimos grandes pasos abriendo datos y visualizándolos de forma dinámica y sencilla, para que los vecinos los reutilicen. Un ejemplo es BA Obras, que visualiza las más de mil obras públicas que estamos haciendo en la Ciudad. Todo, en datos abiertos. El sitio, programado en código abierto, ya está siendo replicado por Vicente López, Bahía Blanca y San Pablo (Brasil), entre otras ciudades.

En 2019, el gobierno porteño sumará dos novedades a su ecosistema de gobierno abierto. La primera es un mapa que permitirá que cualquier persona navegue las más de 300.000 parcelas de la Ciudad. Haciendo clic en cualquiera de ellas, podrán verse alturas y usos permitidos, permisos de obra y obras habilitadas.

La segunda, en línea con el boom de visitantes que está viviendo Buenos Aires, es un sistema de big data turística que abrirá información en tiempo real sobre llegada de viajeros, origen de cada uno de ellos, reservas aéreas, flujos y movimientos en los diferentes barrios. Abrir esta información es un insumo para mejorar la competitividad del sector.

Los datos ofrecen un campo inagotable para que los sectores público y privado colaboren e impacten masivamente en la calidad de vida de las personas. El gobierno porteño –uno de los más innovadores de la región en materia de gobierno abierto– ya está avanzando con nuevas iniciativas en esta dirección.

*Nota publicada en el diario El Cronista

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