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+ Poesía: “Mirta Rosenberg. Un poema de El paisaje interior”

Un poema y todo su mundo cada 15 días: ¿Quién lo escribió? ¿Cuál es la historia detrás del poema? ¿Qué otras voces evoca?

Martes 30 de junio de 2020

En esta sexta cápsula vas a conocer un poema de Mirta Rosenberg, del libro El paisaje interior, Bajo la luna (2012). Una de las más grandes poetas y traductoras argentinas de los últimos años, Mirta Rosenberg nació en Rosario en 1951 y falleció en Buenos Aires en 2019. Participó en el consejo editorial de la emblemática revista Diario de poesía y fundó la editorial Bajo la luna que hoy continúa bajo la dirección de su hijo, Miguel Balaguer y Valentina Rebasa.

La poeta ganó varios premios, entre ellos la Beca Guggenheim y el premio Konex; y tradujo a autores como Katherine Mansfield, Dereck Walcott, Marianne Moore, Hilda Doolitle, Seamus Heaney y Emily Dickinson. Su obra reunida se encuentra en El árbol de palabras, Bajo la luna (2018).

El poema

MADRUGADA y viento
bajo el cielo lento
y esta luz también
para mí:
lentamente ir
de acá para allá
sin adjetivos
y con dificultad,
hablar por teléfono
-nada personal-
ejercitarse y pensar
en palabras que acontezcan además
fuera de mí, ser un ejército,
cocinar papas
zapallos y guisantes
y comérselos como un festín.

Las palabras, está comprobado,
no llegan a su fin.

De acá para allá todavía
cuando el día ostenta
su cielo vespertino
en camino a la oscuridad

y las palabras con su recuento
-inválido y a tientas-
de lo que pasó y lo que es.
No hacer cuentas.

Sentarse y contar el aliento,
una respiración por vez.
Terminar.

Sobre el poema

Por Carolina Esses, curadora de Más poesía:

Si hay un foco de atención en la poesía de Mirta Rosenberg, ese foco está puesto en la musicalidad. Quien se acerca a sus poemas se ve rápidamente arrastrado por una cadencia particular dada por las rimas, por las repeticiones, por la métrica precisa de algunos versos. Es como si el lector se subiera a un barco y se dejara mecer por la ondulación del agua, las subidas, las bajadas.

Este poema pertenece a un libro, El paisaje interior y a la sección dentro de ese libro que lleva el mismo nombre. Es algo bastante habitual en poesía: reunir varios poemas sin nombre en una sección particular. Lo mismo pasaba con Crawl, de Viel Termperley (Cápsula 3). Cada poema es autónomo pero su sentido se completa, se termina de armar, al leerlo en relación a los otros. Aquí se trata de un conjunto de 19 poemas que terminan siempre –salvo uno- con un verso o dos en los que se repite el verbo “sentarse y” + variación. Entonces, en el segundo poema leemos al final: “Sentarse y desconfiar”, en el tercero: “Sentarse y a nadar”, en el cuarto “Sentarse y saber dominar”, en el quinto: “Sentarse y capitular” y así hasta que en el decimonoveno dice: “Sentarse y aún a oscuras/ proseguir con la lectura.” Si quisiéramos podríamos construir un único poema con cada uno de estos versos finales.

El poema que tenemos entre manos –hermosísimo, por cierto– es el primero de la serie. Nos lleva a una escena íntima: es de madrugada y la poeta habla por teléfono, cocina papas –o quisiera cocinar papas y guisantes como en el ejército–, va “de acá para allá/ sin adjetivos/ y con dificultad”. Más tarde se referirá al “cielo vespertino/ en camino a la oscuridad”: es decir, ha pasado todo un día y, sin embargo, la poeta sigue “de acá para allá todavía”. Ese ir y venir al que alude tiene que ver con un desplazarse físico, pero también, o sobre todo, un ir y venir entre palabras. Porque este es un poema que plantea la dificultad que esconden las palabras: “Las palabras, está comprobado/ no llegan a su fin”. Las palabras no siempre alcanzan, nos dice la poeta, y por eso busca “palabras que acontezcan además/ fuera de mí”. No olvidemos que estos poemas forman parte de un “paisaje interior”: es dentro de sí misma que la poeta mira, busca y ese interior está hecho –no sin dificultad e, incluso, no sin hastío– de palabras.

Rosenberg era traductora: durante gran parte de su vida hizo versiones de poemas que escribieron otros. Y ya sabemos: si la traducción siempre es una tarea ardua, en poesía lo es todavía más. Traducir un poema equivale a reescribirlo, por eso hablamos de “versiones” no de traducciones. La poeta conoce a la perfección la dificultad que encierra esta tarea, sabe mejor que nadie cuán opaca es la lengua, sabe que una palabra jamás es equivalente a otra, y que de lo que se trata es simplemente de encontrar la mejor aproximación. Lo que genera el lenguaje es un recuento que nunca es definitivo sino, más bien, “inválido y a tientas”. ¿Cómo seguir, entonces? ¿Cómo seguir con la tarea, con la vida incluso, cuando esa vida está hecha de palabras y las palabras son tan limitadas? Ella misma lo dice: “Sentarse y contar el aliento”. Podríamos agregar: sentarse y encontrar el ritmo preciso del verso, buscar la rima que pide el poema, escucharlo, retomar ahí donde se había dejado para, como dice Mirta, finalmente, “Terminar”.

Mirta Rosenberg dejó una obra muy sólida: poemas construidos con cuidado y atención a la estructura interna del verso, a la cadencia; poemas que al leer se van desglosando, porque tienen varias capas de sentido. Dejó además un importante legado de traducción: en los poemas que tradujo y, también, en los poetas/ traductores que formó a lo largo de su vida.

Mirta Rosenberg por Mirta Rosenberg

  • “Escribir poesía ya es escribir en otro idioma. Las palabras adquieren un valor muy diferente del valor habitual; aunque sea un poema coloquial las palabras quieren decir otra cosa.”

  • “Escribir te hace temblar y al mismo tiempo es tu escudo contra el miedo. La palabra poética es comprensión del mundo. Algo que te da tranquilidad. Percibir el mundo con cierto tipo de mirada, lo más aguda posible, amplía tu capacidad de entender, y eso lo encuentro en la poesía. No lo encuentro en la filosofía o en otros discursos, no porque no haya leído sino porque a mí la poesía me sirve para entender. No solamente mi poesía, sino no traduciría, no sería tan curiosa.”

De la entrevista realizada por Osvaldo Aguirre para Clarín, publicada el 9 de noviembre de 2018.

Si te gusto la recomendación:

  • Si te gustó este poema te invitamos a recorrer toda su obra. Podés terminar de leer El paisaje interior y seguir por sus poemas completos reunidos en El árbol de palabras (Bajo la luna). Hay un poema bellísimo que te recomendamos: “Retrato terminado”, lo encontrás en El arte de perder (1998). Allí Mirta recurre a dos versos “prestados”. Son de “Un arte”, poema precioso de Elizabeth Bishop, la gran poeta norteamericana cuya obra tradujo.

  • También podés escucharla leyendo el poema “La consecuencia” del libro El arte de perder, (1998).

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