Un Naturalista en el Plata

William Henry Hudson - (Capítulo I, La Pampa desierta)

En la mayor parte de los lugares la tierra rica y seca está cubierta por gruesos pastos de noventa centímetros a un metro veinte de altura, creciendo en grandes matas de verde intenso durante todo el año; unas pocas hierbas finas y tréboles con largos tallos enroscados y unidos tienen una breve existencia entre los matorrales; pero es que las plantas duras impiden su expansión a las otras, y raramente se muestra una flor entre su perdurable verdura. Hay, empero, manchones, a veces grandes áreas, donde no crecen, y que están alfombradas por pequeñas hierbas que la recubren, de un verde más vivo, y en primavera se alegran con las flores, preferentemente del orden de las clases compuestas o papilonáceas, y verbenas rojas, púrpuras, rosadas y blancas. En tierras húmedas y pantanosas hay además varios lirios amarillos, blancos y rojos y dos o tres clases de gladiolos y varias otras florecillas; pero en su totalidad la flora de la pampa es la más pobre en especies de las zonas fértiles del globo. Sobre la tierra húmeda y arcillosa crece el majestuoso pasto de la pampa, Gynerium argenteum (1), cuyos blancos ápices a menudo alcanzan una altura de unos tres metros. He cabalgado a través de estos pastizales plumosos, tan altos que llegaban hasta mi cabeza y aún más, por leguas. Me resultaría imposible brindar una idea exacta de la exquisita belleza, en ciertos momentos y estaciones, de esta reina de los pastos y máxima gloria de la pampa solitaria. En aquel lugar, todos están familiarizados con ella; pero en un jardín esa planta tiene siempre un aspecto triste, decadente y, según mi recuerdo, es positivamente fea con sus macizos densos de hojas bastas, agachadas hacia el suelo y en montones achicharrados, y manojos de espigas siempre del mismo color blanco, mortecino o cremoso sucio. En verdad, el color de varios y etéreos tintes que le dan ese tono de pureza, es una de las bellezas capitales de esos pastos en su propio suelo; los viajeros que han galopado a través de la pampa en épocas en que las espigas están muertas y caídas como blancos papeles o parches, realmente han perdido su mayor encanto. La planta es sociable, y en algunas partes donde raramente existen otras, cubre grandes áreas con un mar de ondulantes espigas blancas; al final del verano y en el otoño se observan sus tintes variando del más delicado rosado tierno e ilusionante como el rubor sobre el blanco plumaje de algunas gaviotas, al púrpura y violáceo. A ninguna hora luce tan perfecta como al anochecer, antes y después del crepúsculo cuando la luz tenue envía una leve bruma sobre su abigarrado plumaje, y el viajante no puede dejar de pensar que sus tintes, que en ese momento se enriquecen, son robados a los rasantes rayos solares o reflejan los coloreados vapores tras el ocaso.

La última vez que vi los pastos de la pampa en todo su esplendor fue en un día de fines de marzo que concluyó con uno de esos perfectos atardeceres que sólo se ven en la soledad, en donde ninguna línea de casas ni ningún cerco quiebran el encantador desorden de la naturaleza y armonizan los tintes del cielo y de la tierra. Había estado viajando todo el día con un compañero, y por dos horas habíamos cabalgado por el pastizal ininterrumpido, que se extendía por kilómetros a cada lado, mezclándose a la distancia minadas de blancas espigas, salpicadas con tintes de variados colores, semejando una nube. Al escuchar un rumor de hojas a nuestras espaldas, nos dimos vuelta rápidamente y vimos a no más de cuarenta metros, una partida de cinco indios montados y dirigiéndose raudos hacia nosotros; pero al momento en que los vimos, sus cabalgaduras se detuvieron bruscamente y al mismo tiempo los cinco jinetes saltaron sobre los lomos de sus monturas y se mantuvieron erectos sobre ellas. Satisfechos al ver que no tenían intención de atacarnos y que sólo buscaban caballos perdidos, continuamos observándolos por algún tiempo, así como ellos permanecían oteando el horizonte en distintas direcciones, inmóviles y silenciosos, como hombres de bronce sobre extraños pedestales de equinos de piedra oscura; muy oscuros con su tez bronceada y largos cabellos recortándose contra el cielo lejano y etéreo, con tintes de luz ambarina; y a sus pies y todo en derredor esa nube de plumas blancas y ligeros matices. Esa escena de despedida quedó grabada vívidamente en mi memoria, pero no puede ser mostrada a otro ni podría serlo aun si yo poseyera la pluma de un Ruskin o el lápiz de un Turner; ya que el vuelo de la gaviota de mar no es más imposible para nosotros que el poder de revelar la imagen de la Naturaleza en nuestras almas, cuando ella se nos muestra en uno de esos “momentos especiales” que tienen una “gracia especial", en situaciones donde su belleza virgen no ha sido deteriorada por el hombre.

En otras horas y estaciones el aspecto general de la planicie es monótono y a pesar de la visión ininterrumpida, su verde permanente y su sol, algo melancólico, aunque nunca lóbrego; y es indudable que el sentimiento de melancolía depresiva que la pampa inspira a aquellos que no están familiarizados con ella, se debe, en gran medida, a la escasez de vida y su profundo silencio…

(1) Cortadera (N. del T.)