El templo de madera

Italo Calvino (Colecciones de arena, 1994)

En Japón, todo lo que produce el arte no esconde ni corrige el aspecto natural de los elementos con los que se forma. Es una constante del espíritu nipón que se puede comprender a través de los jardines. Tanto en los edificios como en los objetos tradicionales siempre se reconocen los materiales de que están hechos, al igual que en la cocina. La cocina japonesa es una composición de elementos naturales dirigida sobre todo a lograr una forma visual. Estos elementos llegan a la mesa conservando buena parte de su aspecto original, sin haber sufrido la metamorfosis de la cocina occidental, que supone que el arte de un plato es mayor cuanto más irreconocibles sean sus ingredientes.

En el jardín, los elementos se ponen juntos siguiendo criterios de armonía y criterios de significado, como las palabras en una poesía. Con la diferencia que estas palabras vegetales cambian de color y de forma en el transcurso del año y, más aún, con el correr de los años: cambio calculado en todo o en parte al proyectar la poesía-jardín. Luego, las plantas mueren y son reemplazadas con otras similares dispuestas en los mismos lugares: en el pasar de los siglos, el jardín se rehace continuamente, y es siempre el mismo.

Esta es otra constante puesta en evidencia por los jardines: la antigüedad del Japón no tiene su sustancia en la piedra, como Occidente, donde un objeto o un edificio solo es considerado antiguo si se lo conserva materialmente. Aquí estamos en el universo de la madera: lo antiguo es aquello que perpetúa su diseño a través del continuo destruirse y renovarse de los elementos perimidos. Esto vale tanto para los jardines como para los templos y palacios, villas y pabellones, todos de madera, todos muchas veces devorados por las llamas de un incendio, muchas veces podridos y devastados por las termitas, pero recompuestos cada vez, trozo por trozo: los techos de tejuelas de cedro que se rehacen cada sesenta años, los tirantes y las columnas de troncos, la paredes de tablas, los techos de bambú, los pavimentos recubiertos de esteras (los infaltables tatami, unidad de medida de las superficies internas)

En una visita a los edificios pluriseculares de Kyoto, el guía señala cada cuántos años se cambia éste o aquel sector de la construcción: la caducidad de las partes resalta la antigüedad del conjunto. Trascurren y caen las dinastías, las vidas humanas, las fibras de los troncos; lo que perdura es la forma ideal del edificio y no importa si cada trozo de su soporte material ha sido cambiado innumerables veces y los más recientes aún huelen a madera fresca. Así el Jardín continúa siendo el Jardín diseñado hace quinientos años por un arquitecto-poeta, aunque cada planta siga el curso de las estaciones, de las lluvias, del hielo, del viento; así los versos de una poesía se entrelazan con el tiempo mientras el papel de las páginas sobre las que será escrita se convierte en polvo.

El templo de madera señala el cruce de dos dimensiones del tiempo: pero para llegar a comprenderlo, debemos alejar de la mente palabras como “el ser y el devenir”, porque si todo se redujese al lenguaje de la filosofía del mundo del cual hemos partido, no valdría la pena hacer tanto viaje. Lo que el templo de madera puede enseñarnos es esto: para entrar en la dimensión del tiempo continuo, único e infinito la única vía es a través de su contrario, la perpetuidad del vegetal, el tiempo fragmentado de los que se produce, se disemina, germina, se deseca o marchita.

Más que los templos llenos de estatuas, las altas estructuras de las pagodas, lo que me atrae son las construcciones bajas y sus interiores que sólo contienen esteras, que corresponden generalmente a edificios profanos, villas o pabellones aunque en algunos casos corresponden a templos o santuarios que invitan a una meditación abstracta, a una concentración no corpórea.

Así es el templo llamado Pabellón de la Plata, leve construcción de madera con techo a dos aguas a la orilla de un pequeño lago, con una sola estatua (Kannon, encarnación femenina de Buda) en una ambiente para la meditación zen llamado Sala del Vaciamiento del Alma. También el templo Manju-in que un incompetente como yo juraría que es zen y sin embargo, no lo es: un templo que parece una casa, con muchas salas bajas amobladas solamente con tatami, floreros con ikebanas (que en esta época tienen ramas de pino y camelias, o strelitzias y camelias, u otras combinaciones otoñales), pocas y discretas estatuas y muchos jardines pequeños alrededor.

El templo de madera toca la perfección cuantos más despojados los espacios en los que te acoge, porque basta la materia con que ha sido construido y la facilidad con la cual puede deshacerse y rehacerse igual a la primera vez, para demostrar que todas las piezas del universo pueden caer, una a una, pero siempre habrá algo que quede.