Los árboles

Manuel J. Castilla

Ahora digo
Limpio de corazón, los ojos puros,
El nombre de los árboles de la tierra que habito,
Su alta serenidad, su lenta sombra
Y su resina cristalina y triste.
Yo voy a la madera y de ella vengo
Doblado en luz, quemado en arenales,
Con una sombra más entre los brazos
Como quien se recuerda con el alma del aire.
Vengo desde las vigas
Cenicientas, caídas, asoleándose,
Con la baba brillosa todavía de los bueyes
Y desde las semillas de los naranjos viejos
Sembradas por carreros en Orán y por loros
Sobre un camino solo y sin regresos.

Desde allí,
Desde el yuchán panzudo
Donde los peces miran su memoria de limo
Cuando los sapos rezan a la tierra,
Desde los urundeles serenísimos,
Quema la voz alzada de chaguancos y tobas
En el baile que muele maíces y dolores.
(¡Oh, pura levedad de los chañares!
¡Oh, doliente algarrobo,
sobre tu pensamiento los hermanos
siguen muriendo para hacerse pájaros!)
Si es que digo quebracho y digo brea
viene la sangre con sus polvaredas
y vienen los abuelos pensativos
doblados en la sal, juntando leña
sobre la costra ardida que le crece a Santiago del Estero.
Vengo desde el laurel que huele como el hombre,
Desde el fondo del cedro donde dormita la rosa
Su amanecer de greda
Y de los guayacanes donde comienza el ébano.
Vengo de allí, desde sus hojas vivas,
Desde el incendio en paz de los lapachos
Cuando los tarcos pierden un tierno olvido lila.
Yo sé de sus raíces
Por donde Dios camina lleno de barro y savia
Ciego y doliente, pero jubiloso.
Yo sé de sus veranos interiores
Y de los vendavales cuajados en sus vetas
Cuando el hombre era apenas
Un blando mineral sobre la tierra,
Una memoria enamorada.
Voy a sus huesos verdes,
Bajo el solazo que tritura cañas;
Me pierdo por la sombra rota de las papayas
De cuyos frutos pende
El semen de todas las primaveras venideras;
Me entierro entre bambúes
Y por los molles lloro
Y en las orejas negras del pacará que trepo
Oigo los pasos de agua que están viniendo
Desde la aún callada certitud de la vida.
Voy a sus huesos verdes
Con un iluminado destino de semilla.
Entonces mi alegría se arrodilla en el fruto
Donde se cumplen dulces agonías.

Manuel J. Castilla