Plaza Italia – Plaza de los Portones

Historia de la Plaza

Los Portones de Palermo, que hacían las veces de entrada al parque Tres de Febrero a fines del siglo XIX, datan del año 1875 y fueron diseñados por Jules Dormal. Reconocido arquitecto belga que participó en numerosas obras de altísimo valor arquitectónico, aún en pie, como algunos pabellones del Jardín Zoológico que evocan templos religiosos, como el hindú de los elefantes. Completó las construcciones del edificio del Congreso de la Nación y del Teatro Colón; proyectó la Casa de Gobierno de La Plata, remodeló el Teatro Ópera, construyó el Palacio Pereda (hoy residencia del embajador de Brasil), entre otros.

Dormal fue designado Ingeniero del Parque Tres de Febrero a principios de 1875 y su firma aparece en los planos y en los contratos de ejecución del camino de acceso y los pórticos de mampostería y rejas metálicas encargados al establecimiento de herrería de Silvestre Zamboni e Hijos.

Consistían en tres amplias entradas para carruajes y jinetes y dos para peatones. Arcos de medio punto, basamento de los cuerpos, pilastras sin capiteles con frisos desmesurados y trozos curvos en la cornisa del coronamiento. Tres años después de haberse construido, la Legislatura da cumplimiento al proyecto del diputado Luis Varela y hace efectivo el pago de peaje para cabalgaduras y rodados. Durante la noche servían para cerrar el paso al parque Tres de Febrero porque se hallaban ubicados en la actual Av. Sarmiento, entre los predios que conforman el Jardín Zoológico y la Sociedad Rural Argentina.

El terreno de la plazoleta de “los Portones” era bajo y fácilmente inundable, y como las calles carecían de bocas de tormenta, se formaban grandes charcos. Los días de lluvia era una aventura de audaces llegarse hasta allí. Por la calle Santa Fe, que a esa altura tenía el mismo ancho de ahora, corría el agua de tal manera en dirección al arroyo Maldonado, que parecía un torrente, y los tranvías de caballos que iban hasta Belgrano debían interrumpir sus viajes, cuentan crónicas de época. Desde ella partió, en 1897, el primer tranvía eléctrico que tuvo la ciudad de Buenos Aires. Barrio evocado en letras de tango y poesía borgiana, en la esquina de Thames y Santa Fe se encontraba la pulpería “Sol de Mayo”, concurrida a mediados del siglo XIX por gente de la escolta de Juan Manuel de Rosas.

Este espacio, por esos años no constituido como plaza, fue cobrando uso al abrirse al público las puertas del Jardín Zoológico, con la dirección del doctor Eduardo L. Holmberg, en el año 1890 y las del Jardín Botánico, en 1898.

El nombre de Plaza Italia (el primer país extranjero que dará nombre a un espacio público en Buenos Aires) aparecerá a consecuencia de la instalación del monumento a Giuseppe Garibaldi, una obra del escultor italiano Eugenio Maccagnani (1852-1930), inaugurado el 19 de junio de 1904.

A fines de abril de 1906 la Comisión del Monumento a Garibaldi peticiona a la Intendencia Municipal, que se exigiera a las empresas de tranvías la colocación en sus tableros del nombre Plaza Italia, en lugar de Palermo o Portones, que llevaban los coches, lo que se resolvió favorablemente. La antigua estación de tranvías llamada “Portones” estaba en Santa Fe 4156, cuyo terreno ocupa hoy la Agencia Palermo del Banco de la Nación Argentina.

Los “Portones de Palermo”, como se los reconocía y que servían de referencia y punto de reunión a quienes frecuentaban el parque Tres de Febrero a comienzos del siglo XX, se mantuvieron hasta el año 1917, ya que durante la Intendencia del doctor Joaquín Lambías fueron demolidos, perdiendo con ello la Plaza Italia la nota destacable que la decoraba dentro del entonces poco llamativo conjunto arquitectónico. Una réplica de los antiguos portones puede verse hoy a la entrada al Jardín Zoológico Municipal.

El monumento

El 19 de junio de 1904 fue erigido el monumento a Giuseppe Garibaldi. La obra es de autoría de Eugenio Maccagnani , quien confeccionó una réplica de la existente en Brescia, Italia. Tomás Ambrosetti tuvo a su cargo la entrega del monumento a nuestra ciudad, fue el titular de la comisión organizadora del homenaje, y ponderó las cualidades de Garibaldi, refiriéndose a su participación al frente de las campañas en América del Sur (especialmente en Uruguay, Brasil y Argentina) denominándolo "hombre universal".

El acto de inauguración estuvo encabezado por el presidente Julio A. Roca, junto a Bartolomé Mitre en el palco oficial. Se encontraban presentes el intendente Alberto Casares, el propio autor Eugenio Maccagnani, a los que se sumaron representantes diplomáticos de todo el mundo. En el monumento se incluyen la gran estatua ecuestre del general, las dos figuras alegóricas de la Libertad y de la Victoria, y los altos relieves de la batalla de San Antonio y el embarco de los Mil en la playa de Quarto, cerca de Génova.

Después del emplazamiento de la estatua a Garibaldi, rodeada de postes de hierros unidos con cadenas, a su frente, y sobre los costados de “los Portones”, se destacaban dos plazoletas de figura triangular. La decoración de la plaza sólo tenía a fines del siglo XIX una fuente en su centro, que era una de las dos que se habían retirado de la actual Plaza de Mayo. Los árboles, el césped y las flores que hacen al paisaje general de la plaza vendrían muchos años mas tarde.

A partir de la instalación del monumento a Garibaldi, la afluencia de concurrentes a la plaza comenzó a cobrar mayor número y significación, ya que se convirtió en punto de concentración de las sociedades italianas, especialmente cada 20 de setiembre, fecha que recuerda la entrada de las tropas en Roma en el año 1870.

1904

1910

1917- aún no aparece el subte

Una columna de alrededor de 2.000 años de antigüedad extraída del Foro Romano puede verse actualmente dentro de la plaza. La pieza, de 1,9 metro de alto y 55 centímetros de diámetro, de mármol, es una de las reliquias más antiguas que hay en Buenos Aires. Fue donada en 1955 por la Alcaldía de Roma y primero fue emplazada en Libertador y Luis María Campos, hasta que en 1984 fue trasladada a su actual ubicación.

Elegía de los portones

A Francisco Luis Borges Barrio Villa Alvear1: entre las calles Nicaragua, Arroyo Maldonado, Canning y Rivera. Muchos terrenos baldíos existen aún y su importancia es reducida. Manuel Bilbao: Buenos Aires, 1902

1 En un principio se pensó en llamarlo "Ciudad de los obreros", pero finalmente se optó por Villa Alvear, que estaba limitada por las Avenidas Santa Fe, Canning (Scalabrini Ortiz) y Córdoba y la calle Godoy Cruz o las vías del Ferrocarril al Puente Pacífico. Era un rectángulo de catorce cuadras de largo y siete de ancho con una superficie proximada de cien cuadras. El Arquitecto Juan Antonio Buschiazzo proyectó esta villa en 1888, tiempos del Intendente Alvear, por encargo del Banco Inmobiliario del cual Antonio Devoto era su presidente. Desde las calles Cabrera a Costa Rica y de Gurruchaga a Thames, fue dividida por pasajes y se trazaron plazoletas, como la de Honduras y Serrano, que le dieron al lugar una especial fisonomía. Con los años también Villa Alvear dejaría de llamarse así para ser conocido solamente por Palermo Viejo.

Esta es una elegía de los rectos portones que alargaban su sombra en la plaza de tierra. Ésta es una elegía que se acuerda de un largo resplandor agachado que los atardeceres daban a los baldíos. (En los pasajes mismos había cielo bastante para toda una dicha y las tapias tenían el color de las tardes.) Ésta es una elegía de un Palermo trazado con vaivén de recuerdo y que se va en la muerte chica de los olvidos. Muchachas comentadas por un vals de organito o por los mayorales de corneta insolente de los 64, sabían en las puertas de la gracia de su espera. Había huecos de tunas y la ribera hostil del Maldonado -menos agua que barro en la sequíay zafadas veredas en que flameaba el corte y una frontera de silbatos de hierro. Hubo cosas felices, cosas que sólo fueron para alegrar las almas: el arriate del patio y el andar hamacado del compadre. Palermo del principio, vos tenías unas cuantas milongas para hacerte valiente y una baraja criolla para tapar la vida y unas albas eternas para saber la muerte. El día era más largo en tus veredas que en las calles del centro, porque en los huecos hondos se aquerenciaba el cielo. Los carros de costado sentencioso cruzaban tu mañana y eran en las esquinas tiernos los almacenes como esperando un ángel. Desde mi calle de altos (es cosa de una legua) voy a buscar recuerdos a tus calles nocheras. Mi silbido de pobre penetrará en los sueños de los hombres que duermen. Esa higuera que asoma sobre una parecita se lleva bien con mi alma y es más grato el rosado firme de tus esquinas que el de las nubes blandas.

Jorge Luis Borges- Elegía de los Portones (Cuaderno San Martín, 1929)