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Ideología de las ciudades

Por Fernando Straface, Secretario General y de Relaciones Internacionales de la Ciudad

Lunes 24 de julio de 2017

Cada vez más personas vivimos en ciudades, y aunque podamos discutir sobre ciertos valores –las discusiones clásicas de la filosofía política, o de la política a secas–, parados sobre el mismo suelo urbano como estamos, es tanto lo que compartimos y damos por sentado que corremos el riesgo de pasarlo por alto.

Las ciudades son organismos colectivos, vivientes, abiertos a lo imprevisible, y a la planificación y la acción pública que guía lo que en ellas sucede. La materia de las ciudades es tangible: sus árboles, sus edificios, su infraestructura; pero también intangible, por las redes que tejemos en familia, con amigos, en la universidad o el trabajo. Estas redes tienden al infinito. Una buena metáfora es Cómo atrapar el universo en una telaraña, la muestra que el Mamba le comisionó a Tomás Saraceno.

Podemos caracterizarnos como personas de izquierda, centro o derecha; podemos creer que es mejor que el Estado intervenga o que no lo haga tanto; podemos estar dispuestos a resignar algo de libertad en pos de más igualdad, o podemos no estarlo. Cada uno de nosotros tiene, explícita o implícitamente, ideas y nociones sobre estos temas. Pero como ciudadanos urbanos, todos compartimos una ideología subyacente: la de las ciudades.

La ideología de las ciudades es la de la apertura, diversidad y convivencia. Es suscitar el encuentro de los semejantes y los disímiles; celebrarlo, aunque a veces no nos sintamos identificados o prefiramos no participar. Es, también, el anonimato en compañía.

Es una ideología individual y subjetiva, porque respeta la decisión autónoma de cada quien; pero al mismo tiempo colectiva, porque su principal área de intervención es el espacio público, y su principal agente transformador es el gobierno, un instrumento al servicio de los ciudadanos.

Una nueva línea de Metrobus es una obra de infraestructura y una transferencia de tiempo invaluable para quienes usan el transporte público. Un viaje 30 minutos más corto es media hora de encuentro social, de descanso o incluso de más trabajo. Tiempo que puede destinarse a lo que cada persona prefiera.

La ideología de las ciudades se juega en el espacio público, característica distintiva de lo urbano, y la dimensión que lo singulariza. Por ello, las iniciativas para mejorarlo son transversales a cualquier ideología política. Ciudades como Berlín, París, Madrid, Nueva York o México eligieron gobernantes de signos políticos diferentes. Pero todas apuestan a que buena parte de la vida de sus ciudadanos se desarrolle en espacios públicos tanto de gestión estatal como de gestión privada. Es el imperativo categórico urbano: la calidad de vida a partir de un buen espacio público trasciende las ideologías de origen.

Cada vez más se conoce la relación entre el bienestar físico y emocional de las personas y el lugar donde viven. Mejorar la calidad del espacio público es mejorar la calidad de vida. Los metros cuadrados que atañen a las personas son muchos más que los de sus viviendas: incluyen todos los metros del espacio público. La calidad del transporte público y el acceso a una buena oferta cultural mejora la vida de las personas. El espacio público bien diseñado promueve los vínculos sociales, las redes.

Desde hace algunos años, se calculan índices que miden la calidad de vida de las ciudades. Estos índices son una señal que personas y empresas consideran para radicarse en el extranjero. Buenos Aires, que tiene todavía mucho por mejorar, es la ciudad más “vivible” de América Latina según The Economist, y la preferida por millennials y estudiantes extranjeros.

Para quienes vivimos en ella, la Ciudad de Buenos Aires es el entorno que alimenta nuestras expectativas, nuestros sueños y nuestra acción en el mundo. La relación que cada uno de nosotros establece con el espacio público puede contribuir a mejorar su calidad y la calidad de la convivencia y los vínculos que allí se generan.

Nota publicada en el diario Perfil

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