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Homenaje a Salvador Sammaritano

Al cumplirse diez años de su desaparición física.

Viernes 14 de septiembre de 2018

Hace exactos diez años el mundo del cine en la Argentina se vestía de luto. Moría una de sus figuras más representativas del mundo de la crítica y el cineclubismo, y también una de las personas más queridas del medio. Un 11 de Septiembre de 2008 se apagaba la vida de Salvador Sammaritano, querido por todos y de una trayectoria en el periodismo argentino difícilmente equiparable. El recuerdo al mítico fundador del Cine Club Núcleo y creador de la revista Tiempo de Cine no omiten al conversador animado, entrañable, siempre dispuesto a la anécdota con aquél que brindó cariño, comprensión, aliento y estímulo a generaciones de apasionados por el séptimo arte. Fue un talentoso periodista, reconocido cineclubista, melómano y hombre de vasta cultura, pero ante todo fue un gran ser humano que permanecerá en el recuerdo, y en su legado. Casi como su admirado Ingmar Bergman, en la infancia se dedicaba a proyectar imágenes sobre una sábana y, un par de décadas después, a exhibir al creador de Persona y Gritos y susurros junto a otros baluartes del cine mundial. Una infancia que entremezclaba las tardes de un cine de ensueños con el National de Palermo donde sus pequeños ojos leían en los programas de mano la oferta de “una película sonora y hablada” casi como una novedad. Salvador Sammaritano –imposible otro nombre que lo definiera mejor–, uno de los fundadores del cine club Núcleo, fue profesor de la no menos mítica Escuela de Cine de Santa Fe, subdirector del Instituto Nacional de Cine, llevó las obras de Andrei Tarkovsky, Buster Keaton, Andrzej Wajda, René Clair, Marc Allegret o Sergei Eisenstein a las pantallas (chicas) del país con Cineclub durante muchos años por Canal 7 y creó una revista de corta vida –y larga impronta– como fue Tiempo de Cine, sin lugar a dudas, la mejor publicación de cine editada en la Argentina.

Tiempo de Cine - Salvador Sammaritano

Prueba de la honestidad intelectual que lo acompañó toda su vida es que Núcleo nunca dejó de proyectar películas de gran nivel artístico aunque tocaran temas de fuerte contenido. De hecho, pasaron muchos años en el Auditorio del Instituto Superior de Cultura Religiosa de la calle Rodriguez Peña, hasta que un problema de habilitación municipal de la sala cinematográfica los obligó a buscar un nuevo destino para sus funciones. Pero la historia había comenzado décadas atrás, más precisamente en 1952, cuando Sammaritano junto a Jorge Farenga, Luis Isaac Soriano y Ventura Pereyro (todos amigos y vecinos de Colegiales) se unieron interesados en compartir y promover grandes títulos comenzando de una forma mucho más que modesta, con un proyector de 16 mm Kodascope de doble perforación y, por ende, de la época del cine mudo. La Carreta (1923) de James Cruze fue el título elegido y más tarde consiguieron el auditorio Birabent en pleno centro. Salas como Los Independientes (hoy Payró), la Asociación Bancaria, el cine Lorraine (cuyo recuerdo emociona a quienes hoy peinan canas), el Dilecto, el Instituto de Cultura Religiosa Superior, el cine Lara, el IFT, el Alfil, el Maxi, el Premier, el Electric, el bastión cultural que es el cine Cosmos (en varias oportunidades y aún hoy), el Complejo Tita Merello y el cine Gaumont son los lugares por donde el cineclub deambuló con sus latas de películas a cuestas y con preestrenos, revisiones y filmes que quedaban fuera del circuito comercial. Operado en 2002 de un cáncer muy avanzado que hizo temer por su vida en aquél entonces, se repuso varias veces e incluso continuó asistiendo al Cine Club Núcleo con cierta regularidad casi hasta el final. Al momento de su deceso se encontraba internado en el Sanatorio Colegiales y fuentes familiares señalaron que en el último tiempo su salud había decaído mucho. Con la muerte de Salvador Sammaritano, desapareció un pilar de la crítica y el cineclubismo argentino y, no detalle menor, sobre todo una buena persona. Las despedidas son tristes como una sala a oscuras pero ciertos recuerdos son luminosos como un haz de luz de un proyector, sobre todo al recordar a Salvador Sammaritano para quien siempre existirá en la memoria una siguiente función.

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