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El museo, abierto a todos los sentidos

Se trata de una visita especial, en el marco del Taller de Cine Latinoamericano y Español de la Escuela General San Martín, de jóvenes y adultos ciegos y disminuidos visuales, del barrio de Caballito.

Martes 26 de septiembre de 2017

Texto: Julián Gorodischer/ Fotos: Mariana Sapriza

Un grupo de no videntes llega, esta tarde, al Museo del Cine. Sólo uno de los visitantes había escuchado hablar, vaga y lejanamente, del Museo del Cine. El área de Comunidad y Educación –con voluntad inclusiva- les preparó una actividad especial para que disfruten usando el oído y el tacto.

Ahora, el grupo se encuentra en los depósitos. Eloísa Solaas, Peri Azar, Ana Sáenz y Carla Bassi –las integrantes del área- permiten que recorran el lugar y toquen algunas de las 65 mil latas que aquí se atesoran. Expresiones de asombro. Entusiasmo. Ganas de seguir recorriendo.

El grupo siente, enseguida, el olor a vinagre, y siente el frío; hoy sabrán cuánto espacio físico ocupa, por ejemplo, la película La hora de los hornos, y también el que involucra un noticiero de diez minutos. Pocos minutos después, ya se han desplazado. “Los condujimos a la Cineteca –describe Eloísa Solaas, la coordinadora del área-, y ahí lograron un contacto manual más cómodo con los materiales”. Saben, ahora, en qué enorme medida el trabajo del staff de Cineteca tiene relación con el tacto y con el olfato.

Hernán Fernández los ayuda a comprender los diferentes grados del deterioro de una película. “Del grado 2 al grado 5 –dice- el olor se va haciendo cada vez más fuerte, al punto de producir irritación o dolor de cabeza. A partir del grado 3, el material se comba sobre sí mismo -se barquilla-; se convierte en una especie de fideo enrollado, y hay problemas al tacto, como la cristalización, que hace sentir astillas o polvillo en los dedos”.

Le da la razón Silvia Fernández, del grupo de la Escuela 34: “Las películas buenas se sienten suaves como la textura de una diapositiva; cuando está más deteriorada, se siente acartonada. Uno de los rollos se percibe duro como una roca”. “Les facilitamos rollos de película enteros –enumera Solaas-, una empalmadora, un carrete vacío y la plana, que consta de dos platos que giran.”

Ricardo, uno entre los visitantes, logra rebobinar una película de 16 milímetros en pocos segundos, y se merece aplausos que el resto le dedica.

Museo abierto a los sentidos

En la sala de moviolas, les permiten manipular una gran moviola donada por el montajista Juan Carlos Macías, con la que se editó –entre otras- La historia oficial; es un aparato de gran complejidad con varios rodillos y seis platos. Silvia Fernández lo compara con el aspecto interior de una videocasetera. Luego, escuchan un fragmento del archivo sonoro “Ritmos guaraníes”, ejecutado por Félix Cardoso y su conjunto. Silvia ríe. “Estoy maravillada: no sabía que el audio iba separado de la imagen. Nos han mostrado una película solamente en su parte de audio, es increíble”.

Eloísa da comienzo a la última parte del recorrido: les pasan unos archivos sonoros de Niní Marshall, Floren Delbene, Tita Merello, Libertad Lamarque y Paulina Singerman, de una serie de entrevistas del Museo del Cine realizadas en los años ’70, a cargo de Guillermo Russo y Andrés Insaurralde. “Fue un juego muy interesante –evalúa la docente Paula Rodríguez-; teníamos que escuchar las entrevistas e identificar a los actores. Eran de la época en que algunos de los alumnos todavía veían el cine (los que perdieron su visión siendo adultos). Reconocieron a Lolita Torres, a Niní Marshall…”.

“Trabajaron –explica Damián Romano, coordinador de la Audioteca del Museo- con entrevistas que hizo el Centro de Documentación del Museo del Cine, a fines de los años ’70, a personalidades del mundo del cine, muchas de las cuales estaban en edad avanzada, como Niní Marshall, Tita Merello, Floren Delbene y Lucas Demare. Son conversaciones relajadas, de tono biográfico, con un anecdotario que es difícil de encontrar en otro registro”.

Museo abierto a los sentidos

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