Sala Lujo y Vanidades femeninos del siglo XIX

Se exhiben peinetones, alhajas, relojes, abanicos y otros accesorios de la moda femenina.

La peineta llegó de España a nuestras tierras como emblema de la gracia de sus mujeres, algunas de oro y plata como las valencianas, otras de carey calado o lisas. En 1823 el español Manuel Mateo Masculino llega al Río de la Plata e impone la moda de las descomunales peinetas que recibieron el nombre de peinetones. Según las formas recibieron denominaciones diversas, como las de campana, media luna, corona de vuelta de rulos, etcétera. Los grandes peinetones son de una sola pieza, de carey (material obtenido de la caparazón de las tortugas marinas carey) o de asta.

El peinetón es el adorno más característico de la indumentaria de la mujer porteña en la década de 1830. Las fabricadas en Buenos Aires por estos años son lisas o con un ribete muy calado, con figuras geométricas o estilizaciones de hojas y flores. El sueño de las porteñas de cualquier clase social era lucir un peinetón, deseo que fue causas de disturbios familiares como podemos ver en la poesía popular de la época y en las crónicas y narraciones de los viajeros. Aquellas que no podían afrontar el gasto de un peinetón de carey recurrían a las peinetas de astas fruto del país y mucho más económicas.

En Buenos Aires se exagera de tal manera su tamaño que motiva las caricaturas de Cesar Hipólito Bacle que aparecen en la sala. Inició una campaña contra el desmesurado tamaño de los peinetones que, causándole horror, trató de ridiculizarla. Hacia 1836, en pleno auge rosista, fabricó Masculino peinetas que ostentaban retratos del Restaurador .

Los retratos A través de los retratos podemos asociar los accesorios que se muestran también en las vitrinas como, por ejemplo, el óleo de la dama con un peinado “partido” luciendo una peineta de moño y en su cuello un collar de perlas, arracadas, con un moño celeste y blanco en su pecho (posiblemente un agregado posterior). El de don Manuel Benavente y Dora Guardo -óleo de Marcel datado en 1860- está ambientado en una sala donde el caballero sentado y la dama de pie exhiben sus relojes con un perro a los pies. Aparece, también, el retrato del ya mencionado fabricante de peinetones Manuel Mateo Masculino.

Los oficios porteños y la ropa de sus vendedores ambulantes, el retrato de una mujer sencilla de la época de Rosas, las extravagancias de Bacle y el minuet de Pellegrini completan la iconografía de la sala.

Las Joyas El par de brazaletes -uno de cada brazo- fue muy popular hasta mediados del siglo (ver retratos). Aparecen también los camafeos y mosaicos romanos. Alrededor de 1840 una nueva corriente de joyas conmemorativas y sentimentales típicamente inglesas están en boga. Aparecen conjuntos de brazalete, pendientes y anillo con cabello trenzado, rememorando un ser amado o en conmemoración de un difunto. Con los grandes escotes que exigía la moda de los años treinta y debido a que el talle volvió a su lugar (en la cintura) aparecieron los cinturones con hebillas de esmalte y piedras preciosas (ver los óleos femeninos).

Entre otros accesorios, encontramos en la sala: tarjeteros, pastilleros, carnet de baile y el misturero de filigrana que servía para perfumar la lencería. Destacamos, como curiosidad, un reloj de caballero del siglo XVIII con forma de calavera y una relojera de filigrana de plata para colgar. Se pueden observar gran cantidad de abanicos. Los abanicos tienen una estructura muy simple: padrones, varillas, clavillo que las une y el país o paisaje, la tela, papel o cualquier tipo de material que hace de membrana de unión de las varillas entre sí. Hay otro tipo de abanico llamado de barajas que son fabricados sólo con varillas usualmente de marfil, hueso, nácar, carey, filigrana. Intervienen en su manufactura caladores, pintores, enteladores y orleros. Antiguamente no sólo se los utilizaba para abanicarse sino también como un modo de comunicación a través de un código o lenguaje establecido entre las personas.

El misturero, pariente del sahumador, era una cestilla o estuche de filigrana que solían llenarse con pétalos de flores para perfumar los armarios o arrojarlos al paso de una procesión.

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