Los peinetones

Foto: Archivo MIFB

Entre 1829-30 y 1836-37 el uso de un tipo especial de peineta, conocida popularmente como peinetón, caracterizó la moda de las porteñas.

El comienzo de esta moda fue la peineta española, introducida hacia 1815 en el Río de la Plata. Con el paso de los años, comenzaron a observarse modelos cada vez más grandes y extravagantes.

En 1823, procedente de España, arribó a la ciudad de Buenos Aires Mateo Masculino, fabricante de peines de marfil y peinetas de carey.

A partir de este momento fueron varios los artesanos de este oficio que se instalaron en la ciudad y también en Montevideo. No podemos afirmar que Masculino fuera el creador del peinetón tal como lo conocemos, pero sí queda en claro que fue su mayor difusor. Lo más probable es que el peinetón haya sido una creación del mercado y la competencia.

La demanda de este artículo de lujo hizo que se activara todo un comercio en relación con el carey y que esta materia prima sufriera un aumento considerable en su precio de venta.

Las peinetas de ese material fueron artículos de lujo sólo reservados a las mujeres de élite. El crecimiento económico, a partir del primer período federal, conllevó el nacimiento de una nueva clase social, la ganadera, que pudo afrontar el consumo a gran escala de este tipo de artículos. El uso de una peineta de mayores proporciones que lo normal, por parte de una mujer, daba cuenta de su situación en la escala social y del poder económico y político de su padre o de su esposo.

Es así como durante el primer gobierno de Rosas (1829-1832), los peinetones crecieron de tamaño y se instalaron como elemento fundamental del guardarropa femenino. Pero a partir del segundo gobierno (1835-1852), el uso del peinetón comenzó su declive. Para estos años, se inauguró un momento en que la lectura visual de los cuerpos vestidos se hacía rigurosa y debía otorgar una clara referencia sobre la adhesión o la disidencia con el gobierno. Este fue el momento de una fuerte codificación suntuaria que abarcó todos los ámbitos del vestir. Estas leyes tuvieron un carácter regulador de las relaciones sociales entre los individuos y entre éstos y el Estado. Cualquier modificación en los usos de la indumentaria variaba sensiblemente el reconocimiento en el espacio público. En este clima de regulación de las prácticas, la ostentosa moda del peinetón llegaría a su fin.