Carmen Lapacó

Carmen Aguiar de Lapacó es la madre de Alejandra Mónica Lapacó, su única hija, detenida - desaparecida el 16 de marzo de 1977. Actualmente, Carmen es una Madre de Plaza de Mayo, Línea Fundadora y es integrante de la Comisión Directiva del CELS e integrante de la Comisión Directiva de Memoria Abierta.

La historia de Carmen

“Yo soy Carmen Lapacó, mamá de Alejandra Mónica Lapacó Aguiar. Llevo el apellido de mi hija porque cada una de nosotras hemos dejado de lado nuestro apellido para llevar el de nuestros hijo/as y sentirlos siempre cerca. Alejandra tenía 19 años cuando la secuestraron. Nosotras, con nuestra edad, estamos todavía en la Plaza de Mayo, esto quiere decir que - a pesar de todo - hemos continuado".

En 1977, Carmen vivía con su madre y su hija Alejandra, había enviudado pocos años atrás y era Profesora en un colegio secundario. A pocos días de cumplirse el primer año del gobierno de facto, la armonía de su hogar se vio interrumpida por la violencia del Terrorismo de Estado. “Era el miércoles 16 de marzo de 1977. Estábamos Alejandra, Marcelo - novio de Alejandra -, mi madre, mi sobrino Alejandro - que había venido de San Juan a rendir unas materias para recibirse de abogado - y yo. En casa vivíamos 3 mujeres solas: Alejandra, mamá y yo. Entonces, cuando había gente joven en la mesa, era pura risa. En eso, tocan el timbre, muy despacito. Me levanto, miro por la mirilla, y digo “no es acá”, y ahí me gritan “¡Fuerzas Conjuntas en Acción, abran la puerta y si no la rompemos!”. Inmediatamente los chicos me gritaron que abriera y entraron unos hombres fuertemente armados. A mí no se me olvida la imagen de esos tipos entrando: mi mamá abrazando a mi hija y los dos chicos ahí parados, tiesos. Entraron, revisaron toda la casa. Robaron, rompieron, se llevaron fotos y todos los materiales de mi hija del secundario y la universidad. Teníamos una biblioteca que llegaba hasta el techo y tiraron los libros. No dejaron nada. Después de unas cuantas horas en casa, se llevaron unas joyas de mi mamá, una gargantilla y una pulsera de oro, mis ahorros en dólares, se llevaron ropa y dos valijas llenas. Y se llevaron lo principal que había en mi vida: mi hija. Tenía 19 años cuando la secuestraron. Nos llevaron a nosotros cuatro y la dejaron a mi mamá…”.

Carmen vivió el horror desde adentro del Centro Clandestino de Detención, conocido como “Club Atlético”. Allí sufrió la violencia de los represores durante tres días.“Nos sacaron de casa y había dos autos parados en la vereda. Me subieron con mi sobrino a uno de los autos y al otro los subieron a Alejandra y Marcelo. Entramos ahí y nos hicieron colocar contra la pared. Había unas ventanitas al ras de la vereda. Luego había un escritorio donde una persona nos daba una letra y un número. Llenaron unas fichas que eran medio verdes, nos pidieron los datos y dijeron: “Ya dejan de llamarse como antes”. Yo era F52, Marcelo F50, Alejandra F51 y mi sobrino F53. Al traspasar una puerta, había que bajar unos escalones. Llegamos a unos cubículos pequeños, nos pusieron cadenas en los pies y nos hicieron sentar”.

El último encuentro entre Carmen y su hija Alejandra se dio precisamente ahí, en ese infierno del que muy pocos pudieron salir: “En un momento dado, miro y veo que estaba Alejandra cerca mío, entonces paso la mano y la toco, ella pega un grito y entonces yo le digo quién soy.

Nos abrazamos, nos besamos y me dijo: “Mamita: no resisto más la tortura, me estoy muriendo”. Fue el último abrazo y beso de mi hija. Vinieron y se la llevaron".

“En un momento me vinieron a decir que me iban a dejar en libertad. Unas horas más tarde me sacaron junto a mi sobrino.Nos llevaron a una furgoneta que repartía alimentos. Yo no quería subir porque quería que viniera mi hija pero me dijeron que ella vendría en el otro coche. Al rato, nos ordenaron que bajemos y vayamos retrocediendo. Con Alejandro nos agarramos de las manos, él me dijo: “Aquí nos matan”, yo le dije que sí, que nos iban a matar. Me destapé los ojos porque quería verles las caras, pero ya se habían ido".

El recuerdo de Alejandra

Alejandra fue la única hija de Carmen. Nació el 15 de noviembre de 1957 en la Provincia de San Juan y ya desde pequeña comenzó a destacarse entre sus compañeros: “Alejandra fue una niña que siempre estuvo un poco más adelantada para su edad. Recuerdo, un día, que la maestra de jardín me llamó y me propuso pasarla a primer grado. Yo entonces la llevé a hacer dos tests, para ver si estaba en la edad para poder entrar a primer grado. Efectivamente era un año y ocho meses mayor a su edad cronológica. Con mi marido resolvimos que ingrese al Lenguas Vivas. Ahí cursó toda su primaria y secundaria, y paralelamente estudiaba francés y se recibió de maestra elemental de ese idioma. Era muy inteligente: estando en segundo grado hacía versos, de manera que cuando terminó la secundaria, ella tenía 16 años y, faltando 15 días para terminar las clases, cumplió 17".

“También le gustaba mucho la música. Cuando era chiquita aprendió a tocar la flauta dulce y la guitarra. A ella le gustaba mucho la música: los Beatles, Serrat, Les Luthiers. Recuerdo que mi marido decía: “En esta casa no hay plata, pero hay risas”; y eso era importante. Esas risas se cortaron de golpe, pero yo creo que uno tiene que seguir sonriendo y buscando las cosas buenas de la vida pero sin olvidar lo malo".

"Desde chica, ella tenía una cierta sensibilidad que a lo mejor no todos los chicos de su edad la tenían. Siempre en casa se hablaba de política, ella se crió en un ambiente en el cual la política no era prohibida. Recuerdo que una vez los Reyes Magos le habían traído unos juguetitos, y me dijo: “Mamá, los Reyes Magos son malos, porque le traen a los chicos que tienen plata y a los pobres no les traen nada”. Ya tenía esa cierta sensibilidad por la injusticia y por lo que les pasaba a los demás, tal vez nos escuchaba conversar con mi marido o tal vez la sensibilidad de ella era así. Además, tenía una fuerte personalidad, pero no de capricho, sino de aclarar las cosas".

“Cuando terminó el secundario, se decidió a estudiar Antropología, y quería hacer Bellas Artes al mismo tiempo. Recuerdo una amiga que le decía, que si no se casaba con un muchacho rico, con las dos profesiones que ella quería seguir, se moriría de hambre. Pero eso es lo que ella quería, y yo no iba a torcer su rumbo...”

La búsqueda y la lucha con las Madres

Tres días después de la fatídica noche en la que fue secuestrada, Carmen fue liberada junto con su sobrino. A partir de ese momento, comienza la larga búsqueda de su hija: “Yo nunca me quise hacer la valiente, nacía de mí, como cuando empecé a ir a la Plaza. Yo tenía miedo, pero lo que me guiaba era el amor a mi hija. Presenté muchos hábeas corpus y siempre contestaban negativo… Después me enteré que se podía ir al Ministerio del Interior, que funcionaba en la misma Casa Rosada, pero entrando por el costado, y ahí fui.

Había oído que había un grupo de mujeres que buscaban a sus hijos y se reunían en la catedral. Fui por primera vez un miércoles y la catedral estaba cerrada. El jueves también estaba cerrada pero desde las escalinatas vi un grupito chico de mujeres en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, me fui acercando y noté que me miraban. Se me arrimó Tita Maratea y me dijo: “¿Vos tenés a alguien desaparecido?”, le contesté: “Sí, ¿cómo sabés?”, entonces me respondió: “Por la cara de tristeza que tenés”. Uno ni se daba cuenta que la cara reflejaba los sentimientos".

De la búsqueda solitaria que había desarrollado Carmen en los primeros tiempos, pasó a formar parte de una búsqueda colectiva sumándose a diferentes organismos de Derechos Humanos. “Empecé con Madres, un grupo chico, veintitantas, yo habré ido a mediados de abril. Y poco a poco empecé a estar con las Madres, yendo a la Plaza. Un día se acerca un policía a decirnos que no podíamos estar en grupo porque había Estado de sitio y no podíamos estar más de dos personas juntas. Entonces salimos de ahí, nos pusimos de a dos, y dimos vueltas alrededor del monumento a Belgrano, todavía sin pañuelos. Cuando se daban cuenta que estábamos ahí intentaban sacarnos, entonces salíamos por una punta y entrábamos por otra, el caso es que durábamos media hora".

"Luego, empecé a trabajar en el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), que habían fundado Emilio Mignone, Augusto Conte, Boris Pasik y Alfredo Galleti. Yo entré como colaboradora. Como estábamos organizando un acto subversivo contra el gobierno, nos llevaron presos a los cinco. Estuvimos presos una semana y yo era la única mujer".

La búsqueda por la Verdad y la Justicia llevó a Carmen a realizar diferentes reclamos en el país y en el exterior, como así también diferentes acciones judiciales. “En plena dictadura también empecé un juicio. No lo hice por valiente sino porque no tenía nada que perder. Después, cuando se declararon las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se pidió el Juicio por la Verdad: que los militares declararan la verdad, sin castigo. En los Juicios por la Verdad me presenté en la OEA, en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos".

En abril del 2002, comenzaron a realizarse excavaciones para encontrar rastros del Centro Clandestino de Detención "Club Atlético", lugar donde estuvo Carmen, debajo de la autopista, en Paseo Colón y Cochabamba, Ciudad de Buenos Aires. por donde se calcula que pasaron alrededor de 1800 detenidos desaparecidos. El lugar, que funcionó como centro de torturas, estaba ubicado en el subsuelo de una dependencia policial. En el trabajo de exploración, el primero de estas características en el país, participan distintas áreas del gobierno de la Ciudad, Autopistas Urbanas Sociedad Anónima (AUSA) y Organismos de Derechos Humanos.

"Nos juntamos 6 sobrevivientes de ese lugar y fuimos con la abogada a caminar por los barrios y decíamos: “Me parece que era aquí, por las ventanitas”. Pero en ese momento había muchas casas con esas ventanitas. De manera que era difícil encontrarlo, pero cada uno de nosotros fue aportando algo. Y era en ese lugar donde construyeron la autopista y demolieron todo el edificio. Después, el gobierno, de ese momento, nos ayudó con las palas mecánicas para abrirlos. Teníamos miedo de que hubieran tapado los sótanos. Pero, por suerte, esto no pasó. Ellos les ponían nombres extraños para disimularlos. El día que estuvieron excavando estuvimos desde las 10 de la mañana con unos nervios... Al principio, cuando aparecieron las paredes del edificio a donde yo había estado sentí: alegría y tristeza. La alegría de haber encontrado el lugar. Y la tristeza de que mi hija quedó ahí y yo salí viva".

Carmen Hoy

“Yo sigo acá luchando… Hasta hace un tiempito estaba trabajando en seis Organismos: Sobrevivientes del Atlético, Madres de Plaza de Mayo, CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), Memoria Abierta, IEM (Instituto Espacio para la Memoria) y en la Comisión Pro Monumento. Pero el médico me dijo: “mirá Carmen, te necesitamos viva”. Así que renuncié al IEM y sin renunciar a los Sobrevivientes del Atlético, lo sigo más por computación. Yo ya estoy viejita para andar de acá para allá… Yo sé que los jóvenes lo siguen, entonces uno ya va dejando los espacios necesarios. Y ahora sigo con el CELS porque sé que va a perdurar y porque está haciendo los juicios y las denuncias. Además, sigo en Madres, Memoria Abierta y en la comisión Pro Monumento. Ésa es la esperanza de uno: allí hay más de nueve mil nombres y seguirán más. Va a quedar para la historia, porque pronto las Madres van a ir desapareciendo y seguirán H.I.J.OS., Hermanos, pero el monumento queda firme, al lado del río en la Costanera Norte".

Carmen atribuye una importancia destacada al hecho de contar su historia a los estudiantes y contribuir, de esta forma, a la construcción de la Memoria Histórica.

“La posibilidad de haber podido contar mi historia en la escuela con los chicos tiene un valor infinito. Me da mucho valor, porque cuando yo era profesora y me presentaba ante los alumnos decía: “Mi nombre es Carmen y quiero aclararles que tengo a mi hija desaparecida y soy de Madres de Plaza de Mayo”. Quería que lo supieran de mí y no por los cuchicheos. Siempre me respetaron. Un día me encontré en la calle a una ex alumna y me dijo: “¿Usted sabe, señora, cómo la respetábamos? Porque usted nos decía las cosas de frente”.

Es importante que los chicos en las escuelas conozcan las historias de vida de cada uno y es importante usar distintos lenguajes para enseñar, porque yo a un chico universitario le puedo hablar con un lenguaje más grave que a un chico de secundario o a un nene. Una vez, en una escuela, unos nenes de 8 años se interesaron tanto que, cuando yo me iba, me corrieron y me dijeron: “Seño: siga contándonos”, porque yo se los había hecho tipo cuento".

El libro de Alejandra: Para guardar en la Memoria la historia de Alejandra, su familia decidió armar un libro para el recuerdo:

“Mis sobrinos nietos decidieron hacer un librito porque pasaba lo siguiente: ellos sabían que Alejandra estaba desaparecida pero no sabían la historia de ella. Como querían saber más sobre su historia, les dije que tomen los pocos papeles que habían quedado de ella y lo armen. Entonces pusieron cuando era joven, mi niña y mi marido… Además hay un texto que lo escribió un señor que hace poemas, lo escribió como si Alejandra estuviera viva: “Con tu pañuelo blanco cual símbolo de plata, tenés tantas hermanas como dos gotas de agua”. Esto es un aporte a la memoria familiar, dedicado a mis sobrinos que la conocieron y amaron, y a mis sobrinos nietos porque no la conocieron como tampoco vivieron la dictadura. Es decir, son cosas para la memoria…Son recuerdos muy lindos".

A pesar del dolor por la pérdida y luego de más de treinta años de lucha, Carmen conserva un mensaje esperanzador hacia el futuro:

“Seamos optimistas, hemos durado tantos años porque siempre pensamos que va a haber algo mejor. Las utopías, como se dice. Una utopía es avanzar dos pasos y la utopía retrocede dos, entonces seguimos avanzando y la utopía retrocediendo, pero en algún momento se alcanzará”.