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El Parque

Se encuentra en el sudoeste de la Ciudad de Buenos Aires, en la intersección de las avenidas Directorio y Lacarra, Parque Avellaneda.. En sus más de 30 hectáreas, alberga numerosas riquezas naturales, culturales e históricas que lo constituyen como uno de los espacios verdes más importantes de la Ciudad.

Ubicado en el suroeste de la ciudad, en la intersección de las avenidas Directorio y Lacarra, el Parque Avellaneda ofrece un paisaje privilegiado: una gran variedad de especies de aves, árboles y arbustos, junto a compañías de teatro callejero y espacios de formación cultural conviven dentro del último casco de estancia que se mantiene en pie dentro de la ciudad.

En sus más de 30 hectáreas, el parque revela distintos atractivos a los visitantes. La combinación de patrimonio natural, cultural e histórico hacen de este lugar uno de los espacios verdes más importantes e interesantes de la Ciudad de Buenos Aires. Caminar por sus senderos, sumergirse en el pasado, es remontarse a épocas lejanas que nos hablan de los orígenes de este lugar.

El actual terreno era parte del predio conocido como la Chacra de los Remedios. Su nombre proviene de un ruego: allá por 1727 Buenos Aires fue asediada por una epidemia de tifus tan devastadora que llevó a que se proclamase a Nuestra Señora de los Remedios como Patrona Menor de la Ciudad y se levantara un oratorio dentro de la chacra, de ahí su nombre.

Si bien hoy el Parque tiene un poco más de 30 hectáreas, por aquel entonces la Chacra de los Remedios se extendía a lo largo de unas 1200 hectáreas: limitaba, al norte, con el arroyo Maldonado; al sur, con el Riachuelo y al este y al oeste, con las actuales avenidas Lacarra y Escalada.

Durante el siglo XVIII, la chacra, gracias a un donativo de José González Islas, llegó a manos dela Hermandad de la Santa Caridad, que contó entre sus autoridades al capitán Juan de San Martín, padre del libertador. Esta entidad se dedicó a una noble tarea: enterrar a los muertos desamparados, los que no tenían familia que pudiesen costearle sus funerales.

Una vez que el problema de los insepultos estuvo atendido, los hermanos se enfocaron en una nueva cuestión: las huérfanas. Así fundaron el primer colegio de huérfanas en Buenos Aires. José González Islas, donante de la chacra, fue rector del colegio que utilizó el predio como “quinta de verano”, donde las niñas y mujeres podían disfrutar de la vida de campo.

Cambio de dueños

La chacra alternaba su nombre: era conocida como la “Chacra de los Remedios”, por algunos, o como la “Chacra de las Huérfanas”, por otros. El nombre poco importó con la llegada de las reformas laicas del entonces ministro Bernardino Rivadavia, quien por la década de 1820 confiscó varias propiedades eclesiásticas. Así, el predio de la Hermandad pasó a manos de la Sociedad de Damas de Beneficencia, quienes tomaron a su cargo el colegio de las huérfanas, hasta que en 1828 apareció un nuevo propietario.

Fue a orillas del Río de la Plata, lejos de su Ecuador natal, donde Domingo Olivera aprendió a cuidar la tierra y el ganado. Sus cargos en la función pública lo pusieron en contacto con la campiña bonaerense y rápidamente se entusiasmó con la actividad agrícola. Cuando Clemente Miranda, importante hacendado local, le propuso iniciar un establecimiento agrícola, Olivera no lo dudó: en 1828, adquirieron, en sociedad, la Chacra de los Remedios.

Pero la participación de Clemente Miranda duró poco y, en 1830, abandonó el proyecto debido a problemas económicos. Aunque ya no tenía un socio comercial, Olivera contaba con el apoyo de su esposa, Dolores Piriz de Olaguer Feliú (sobrina del virrey) y sus dos hijos mayores, Eduardo y Nicanor, quienes lo acompañaron en este emprendimiento y se trasladaron con él a la chacra. Así fue que se inició una historia de casi cien años de trabajo familiar en Los Remedios.

Fueron años de dedicación a la cría de caballos, ovejas y vacas, hasta que Domingo Olivera murió en 1866. Entonces, Los Remedios se convirtió en la vivienda permanente de su hijo mayor, Nicanor, quien transformó la propiedad en una residencia señorial que tenía a la Casona como insignia. Esa Casona, que hoy se alza imponente en el barrio de Parque Avellaneda, por aquel entonces, desde la lejanía del suroeste de la ciudad, atraía a las figuras más ilustres de la sociedad porteña.

Parque público

Para comienzos del siglo XX, en la chacra podían encontrarse raros ejemplares de especies arbóreas que habían sido traídas del Viejo Mundo. Casualmente, el gobierno exhibía especial interés en mantener espacios verdes en los barrios porteños que se iban desarrollando. Así fue como la Municipalidad de Buenos Aires ofreció a los herederos de Olivera comprar parte de sus tierras para destinarlas a un parque público. El 7 de marzo de 1912, el terreno comprendido entre las calles Lacarra, Directorio, Moreto y Gregorio de Laferrere, era destinado a tal fin.

El Parque Domingo Olivera, nombre estipulado en la escritura de la venta, fue inaugurado el 28 de marzo de 1914 y, para noviembre del mismo año, se cambiaba su nombre por el que hoy en día lleva: Parque Presidente Nicolás Avellaneda. Si bien su nombre fue cambiando a lo largo de tres siglos, esta porción de la ciudad aún recuerda su historia, una historia marcada por la caridad y el esfuerzo familiar y, más recientemente, por el afecto de sus vecinos y visitantes.