ESTELA BARNES DE CARLOTTO
Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo

Estela Barnes de Carlotto es la Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Es la mamá de Laura Carlotto, secuestrada el 26 de noviembre de 1977 y asesinada meses más tarde con claros indicios de haber dado a luz. A partir de ese momento, Estela inicia la incansable búsqueda de su nieto Guido.

LA HISTORIA DE ESTELA

Estela vivía una vida soñada en la Ciudad de La Plata siendo maestra y madre de cuatro hijos. Pero tuvo que modificar sus planes a la fuerza: la desaparición de su hija Laura en 1977, embarazada al momento de su secuestro y  la consiguiente desaparición de su nieto Guido, nacido en cautiverio, la convirtieron en una Madre/Abuela que dejó su guardapolvo de maestra para reemplazarlo por un pañuelo blanco en reclamo de justicia.

“Yo puedo decir que tengo dos vidas. La primera, en un hogar de padres  muy buenos, con una enseñanza y un cariño que me formó junto a mis hermanos. Me casé, tuve cuatro hijos maravillosos a los que quise mucho y me aguantaron porque, yo como maestra estaba más tiempo con mis alumnos que con ellos. Yo no podía asistir como mamá a las fiestitas escolares de mis hijos porque yo tenía que estar con mis otros hijos, mis alumnos. Y tenía sueños de que a mis 80 años estaría con todos mis nietos. Tengo 13 nietos pero hay un nieto que no sé dónde está y lo estoy buscando. Tuve que cambiar esa vida de maestra y de madre, para transformarme en una mamá – abuela, en busca de aquello que la dictadura me robó: una hija de 22 años, que tuvo un bebé, en un lugar secreto y a ese niño, que hoy es un hombre y no sé dónde está”.

A partir de esta búsqueda, surge el encuentro con otras mujeres que, como ella, querían saber dónde estaban sus hijos y nietos.

“Entonces me junté con otras señoras como yo que estaban buscando a sus hijos, a sus hijas y a sus nietitos, que no sabíamos dónde estaban creciendo. Este grupo lleva muchos años de trabajo, somos un grupo de mujeres que somos hermanas en el dolor. Todo lo hacemos juntas, en  Abuelas de Plaza de Mayo. Hoy, ya en democracia, nos están respondiendo y estamos encontrando a varios nietos. Yo todavía no encontré al mío pero tengo fe, tengo esperanza, creo que en algún lado debe estar también esperándome. Pero hemos encontrado ya más de 100 nietos”.


Su perseverancia y su lucha constante son rasgos que la definen. Estela nunca cesó en su búsqueda y aprendió que todo es posible para una Madre que pelea apasionadamente por aquello que cree justo.

“En mi diccionario, el “no puedo” no existe. Existe “no quiero” pero cuando me propongo algo que creo que es bueno, no me rindo. Lo voy a trabajar de todos los lados que pueda hasta conseguir el objetivo. Lógicamente, al principio, no pude contar abiertamente lo que me pasaba porque temía agravios. Esto cambió porque recibí un muy buen consejo de mi consuegra, la Sra. Nelba Falcone, mamá de María Claudia Falcone una de las niñas desaparecidas durante “La noche de los lápices”. Ella me dijo: “Estela no estés sola, hay otras señoras como vos que están buscando sus hijos y sus nietos. ¿Por qué no vas?”. Me dio un teléfono, me dio un nombre, Licha de la Cuadra, la llamé, me encontré con ellas en su casa y son las compañeras que hasta hoy tengo”.

“Ese grupo se fue consolidando y yo me sumé –no soy de las fundadoras  históricas-. Ingresé en el 78, justamente cuando me jubilé. Éramos todas distintas y se alegraron tanto cuando se sumó una maestra porque podía ser útil para hacer notas y otras cosas. Cada una daba y sigue dando lo que sabe porque somos de diferentes culturas, religiones, ideologías. Para mí, esa compañía, ese compartir con otras que tenían el mismo dolor, la misma lucha, fue un gran alivio, una integración profunda”.

El miedo acechaba las puertas de todos pero no era obstáculo suficiente para detener la lucha de mujeres como Estela, que avanzaban con la fuerza y el deseo de encontrar a sus seres queridos. “Sí que tenía miedo. A mi marido lo secuestraron. Lo busqué. Estuvo 25 días en una cárcel secreta, donde lo torturaron y de donde salió enfermo y eso también podía pasarme a mí si yo era molesta. Pero el miedo no me iba a paralizar, no me iba a dejar quieta en casa, pensando: “tengo miedo”. Yo sentía miedo pero salía igual,  no porque fuera valiente o porque fuera una heroína, sino porque soy mamá. Cualquier mamá haría lo mismo”.

Estela reconoce que previo a convertirse en Abuela de Plaza de Mayo, sus esfuerzos siempre estuvieron depositados en la enseñanza, en la ambición de mejorar la sociedad sin ánimos de confrontar ni rebelarse ante la autoridad. Toda su templanza y esa calma que la caracterizaba se transformó en lucha tras la  desaparición de su hija Laura y su nieto Guido. Desde aquel entonces, su lucha se distinguió por ser pacífica, justa y sobre todo, paciente.

 “Cuando me tocaron a mi hija Laura y cuando mis hijos Claudia y Guido fueron perseguidos por la dictadura, salió la otra Estela, esa reserva de fuerza que tenemos las mujeres para defender el amor de nuestra vida: nuestros hijos. Entonces, sí, todo aquello que creí que no podía hacer lo hice: desafiar el miedo, ocultar mi dolor para que no me agredan y luchar, buscar, no aflojar. A veces me preguntan: “¿alguna vez dijiste basta? Una sola vez algo me pasó, ya perteneciendo al grupo de Abuelas de Plaza de Mayo. Mi esposo, gran compañero, me dijo: “No, no dejes de ir porque las abuelas te necesitan”. Fue la única vez que dudé, después siempre estuve dispuesta a afrontar, seguir, poner lo que sabía hacer, construir, apoyarnos y consolidar esta lucha de  tantos  años, que no termina con nosotras. Va a terminar cuando se encuentren los 400 nietos que todavía faltan y se encuentren las 30 mil personas que asesinó la dictadura”.

ESTELA, MAESTRA

Su vocación se hizo realidad cuando a los 20 años de edad comenzó su carrera como maestra. “Mi deseo era, una vez recibida, trabajar para contribuir con mi sueldo a mi familia que era de clase media. Papá era empleado de correo, mamá no trabajó y si bien nunca nos faltó nada, nos venía muy bien tener un poco más de dinero en la casa. Me salió un nombramiento como maestra interina en una pequeña escuelita, la Escuela Nacional Nº 102 de Coronel Brandsen, una pequeña ciudad entonces. Si bien quedaba a apenas 40 kilómetros de La Plata, a veces tardábamos dos horas en llegar, porque tomábamos un trencito que era lento como una carreta y paraba en todos lados”.

Su primera tarea como docente no fue nada fácil. Tomó un cargo como maestra dando clases en cuatro grados conjuntos a la vez. “Yo empecé a trabajar como maestra con 3º, 4º, 5º, y 6º. Me ayudó que había programas muy buenos para implementar en todo el país, adecuados a cada provincia y por grados. Me arreglé perfectamente bien con un grado de poca cantidad de chicos. Eran tan sólo 14 o 15 muy respetuosos, chicos del barrio, gente muy humilde. En esos primeros años pude volcar todo lo que quería dar. Era duro por el clima, por la distancia, por el tiempo que insumía para ir a la escuela pero era muy gratificante ver esas caritas”.

Su experiencia como maestra le trajo muchas satisfacciones y allí, no sólo depositó sus conocimientos profesionales sino sus conocimientos personales, sus valores, aquéllos que quiso sembrar en todos sus alumnos. “Yo había soñado toda la vida con ser maestra, a mí me gustaba enseñar. Me tocó ir a una escuela que recuerdo con muchísimo amor, con muchísimo cariño. Pero lo más importante del maestro es el amor y el respeto para los chicos, para los padres, para la comunidad. A mí siempre me gustó cantar, me gustó bailar. Entonces, lo hice con mis alumnos. Les enseñé los bailes criollos. Todo eso que yo había aprendido en mi escuela: el pericón, la zamba, la chacarera, el gato. Para las fiestas escolares los preparaba a vestirse como gauchos. No era difícil porque ellos usaban esas bombachas de campo con zapatillitas, lo cual con una especie de cinturón de tela y una camisita representaban a un paisano. Si yo podía les llevaba los trajes de gauchos que tenía de mis hermanos. Y las paisanitas se disfrazaban con polleritas amplias que las mamás podían hacer. También fundé el “Club de Niños Jardineros” porque en la Escuelita había un terrenito donde se podía cultivar verduras. A mis alumnos yo les enseñaba a sembrar, a cultivar, a ver crecer esa naturaleza y a estudiarla no en un cuaderno o en un libro, sino en vivo. Sembramos y cultivamos tomate, lechugas, cosas simples. También creé la “Cruz Roja en la escuela” para que puedan atenderse ellos mismos en los accidentes que pudiera haber en los recreos de la escuela. Si algún chico se caía o tenía una lastimadura, los que pertenecían al Club de Cruz Roja, corrían para asistir a su compañero. Hice el “Club de Títeres”, donde  les enseñé a hacer títeres con papel, harina y agua; modelarlos sobre frasquitos, dejarlos secar y, después, con témpera pintarlos para que sean el personaje que ellos quisieran que fuera. Yo escribía los libretos para esas obras de teatro, se ubicaban detrás del escenario y las representaban. Los chicos además aprendían a modular su voz haciendo de malo, de bueno, de niño o de grande. ¡Esas obritas me encantaban! Yo tenía alumnos muy humildes, que para el día del maestro me traían una flor de su jardín. Ese era para mí, el más maravilloso de los regalos. Así hice realidad esos sueños que tuve, cuando era chiquita, de ser maestra. Y la maestra es un poco eso: la mamá, la amiga, la que tiene que respetar y querer siempre a los chicos".

En el año 1964, luego de ganar un concurso de antecedentes, Estela comenzó su cargo como Directora titular y a partir de allí pudo seguir concretando sus sueños para su querida escuela. Más tarde empezó su tarea en la Junta de Clasificación en La Plata y, con el tiempo, terminó su ciclo como docente en la Escuela Nº 43 de aquella ciudad. “Yo pensaba seguir dando clases hasta que me sintiera capaz, pero llega un 24 de marzo de 1976, una dictadura que secuestra a mi hija mayor, nace un nieto que todavía estoy buscando y decido terminar mi vocación específica y formal y jubilarme para tener todo el tiempo de buscar a Laura y a Guido, mi nietito”.

EL RECUERDO DE LAURA

“Yo tuve cuatro hijos: Laura y Claudia, las mayores; luego Guido y Remo, los que les seguían. Una familia bastante grande, donde me tomaba el tiempo para atenderlos, criarlos, junto con mi esposo, que era un pequeño comerciante químico. Tenía muy buena relación con todos ellos. Los criamos con mucha libertad. Los escuchábamos, no éramos de esos padres que dicen: “no, de eso no se habla; eso no se hace”. Les decíamos: “A ver… contáme”. En la década del ´70, mis hijas eran adolescentes, una etapa histórica muy movida, donde la juventud empezaba a pensar y a decir lo que pensaba, no a callarse. Laura -la mayor- ya estaba en la universidad, donde comenzó su militancia política estudiantil. Conformaba un grupo de estudiantes universitarios que criticaban tanto al gobierno constitucional que realizaba algunos homicidios, asesinatos, secuestros como a la dictadura. Hablábamos mucho, teníamos miedo que le pasara algo, a veces le decíamos que no lo haga y ella me explicaba por qué iban a continuar haciendo una política universitaria contra una dictadura”.

Laura fue una hija muy deseada por Estela y su esposo y vivió presintiendo que tenía que hacer mucho en poco tiempo: “El mejor momento fue cuando nació. Laura fue una hija muy querida, muy soñada. Yo estuve de novia muchos años con mi único novio, que después fue mi esposo. No tuve otro, único para toda la vida. Ahora ya no está conmigo porque murió, pero igual lo siento cerca, lo extraño y sigue acompañándome. Durante el noviazgo soñábamos tener una hija que se llame Laura. Era un sueño  romántico, a partir de una película de época muy linda que habíamos visto, que se llamaba Laura, con una melodía que me acompaña hasta hoy en día. Era una historia de amor, que nos llenó ese momento de nuestra vida. Por eso, el mejor momento que viví con ella fue cuando nació, el 21 de febrero de 1955. Lo primero que miré fue si estaba sanita, que es lo que hacemos todas las mamás con nuestros hijos. Era linda. Siempre digo que Laura fue una joven que vivió apurada, vivió siempre más rápido que el común de la gente. Se puso de novia a los trece años con un muchacho de 18. Nosotros le decíamos que era grande, pero ella me respondía: “mirá mamá, hay dos opciones: que te mienta y lo vea igual o que aceptes que yo estoy enamorada de un muchacho de 18 años”.  Y yo le dije “acepto y te acompaño, te entiendo”. Luego, se casó muy joven, a los 18 años, tuvo dos embarazos que no llegaron a término y, lamentablemente, perdió los bebes en esos intentos de maternidad. Después, empezó su militancia fuerte, apurada también. Quería hacer todo rápido, parecía que sabía que iba a vivir poco y tenía que dejar mucho. Y fueron muy buenos momentos los que viví con ella, acompañándola en sus sueños, en sus ilusiones y también en la construcción de una militancia que asumió con gran compromiso, sabiendo –incluso- que podía morir. Creo que sus cortos 23 años fueron todos muy buenos para mí”.

“Laura era una buena alumna. Tenía responsabilidades y era muy, muy madura. Tenía mucho carácter. Cuando quería una cosa y creía que era justo, la defendía a ultranza. Y, además, era muy coqueta. Le gustaba arreglarse. Y era una hija amorosa, una hija excelente que solo me dio satisfacción”. Laura estaba estudiando el profesorado de Historia cuando la secuestraron. “Ella egresó como bachiller y comenzó a estudiar profesorado de Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Es decir, que ella quería ser profesora de historia pero no pudo terminarlo porque la dictadura la secuestró y asesinó. Ella tenía 23 años cuando la mataron. Era una estudiante buena y muy activa”.

LA LUCHA DE LAS ABUELAS

“Cuando llegó el golpe militar, no sabíamos lo que pasaría. Pensábamos  que era una dictadura más. Secuestraron a 30 mil personas de todas las edades. Chicos y jóvenes, como en  “La noche de los lápices”, en la Ciudad de La Plata, donde niños de 13 o 14 años que estaban pidiendo por el boleto escolar, fueron secuestrados y desaparecidos. Ancianas que estaban de visita en una casa, no importaba, se los llevaban a todos. Robaban niños. Eso fue lo más siniestro que hizo la dictadura militar. Teníamos miedo en ese momento y no es que fuéramos heroicas, valientes, sino que éramos madres. La mamá da la vida por su hijo. Es lo más sagrado que tenemos. Y con esa fuerza, pudimos vencer el miedo, la incertidumbre, el dolor y transformar esas lágrimas en lucha”.

La búsqueda de los nietos no fue fácil. Aquellas mujeres que fueron secuestradas embarazadas, tuvieron a sus hijos en cautiverio sin que las familias pudieran conocer a esos bebés. Esto dificultó la tarea de encontrarlos ya que no había fotos o indicios que permitieran conocer su verdadero destino.Encontrarlos es dificilísimo, los robaron cuando eran bebitos, recién nacidos, se los quitaron a las mamás. Mi hija Laura tuvo su bebé en una cárcel clandestina donde estaba privada de su libertad. Ahí nació mi nieto Guido. Se lo dejaron tener sólo unas horas. No sé con quién está hoy. Tiene más de 30 años y no sé qué nombre le han puesto. Puede estar cerca o lejos, no lo sabemos. Pero en estos 30 años hemos inventado cosas para poder localizarlos, identificarlos porque si nunca vi a mi nieto Guido, al cruzarme con un chico de su edad, ¿cómo puedo saber que es él o no? Por suerte, hay personas en la sociedad que nos ayudan en nuestro trabajo de investigación. Si alguien nos cuenta dónde puede haber un nieto ahí vamos, investigamos, siempre con mucho respeto y cuidado. También se da que como ahora esos chicos ya son grandes, a veces ellos mismos dudan de quienes dicen ser sus padres. Entonces muchos de ellos vienen a la casa de las Abuelas a buscar su identidad. En todo esto hay una cosa que es fundamental: el examen de sangre. La herencia de la sangre de papá y de  mamá, no puede cambiarla nadie. Como el papá y la mamá de nuestros nietos no están, es la sangre de las Abuelas la que usamos para identificarlos y es un examen seguro, irrefutable, que no engaña, que no miente y nos garantiza que ese chico es un nieto encontrado".

El reencuentro con los primeros dos nietos, Anatole Boris y Victoria Eva Julien Grisonas, fue muy gratificante. Se dio del otro lado de la cordillera, en Chile.   Hasta el 2011, han sido restituidos 105 nietos y con cada reencuentro, resurge una historia, la de toda una familia, que concluye un ciclo de ardua búsqueda. La alegría de encontrar un nuevo nieto es indescriptible. Estela narra cómo las Abuelas se preparan para cada reencuentro, depositando toda su alegría y renovando la esperanza para seguir luchando sin descanso. “Cuando encontramos a un nieto es una fiesta. Las Abuelas somos alegres, tenemos ganas de vivir y de encontrar más vida. Vienen todos los chicos que están trabajando con nosotros, para hacer el brindis en honor a ese nuevo nieto que hemos encontrado y que es el nieto de todas, porque todas lo buscamos. Nos abrazamos porque es el triunfo de la verdad sobre la mentira, de la vida sobre la muerte. Sobre todo es romper con el plan siniestro de la dictadura que pretendía que nuestros nietos nunca conocieran a su familia. Ellos creían que los iban a criar como ellos querían y no lo consiguieron. Por eso, cada vez que aparece un nieto, nace un nuevo chico en la libertad, como una resurrección, y para nosotros es la confirmación de que hay que seguir. Ha pasado que muchos nietos no nos querían conocer porque les habían dicho que éramos unas brujas pero se encuentran con amor, comprensión, cariño. Los queremos tanto, por eso los buscamos, para hacerlos libres, para que recuperen sus derechos. Y en este caso, el derecho a la identidad porque cada uno nace de una mamá y un papá y no de otro lugar. Y ahí debe vivir o, si no puede vivir ahí, tiene abuelas, tiene tíos, tiene familia y nunca un niño debe ser sacado de ese lugar que es el que le corresponde vivir. Y debe tener un nombre. La identidad es todo eso”.

ESTELA, HOY

Luego de tantos años de búsqueda, Estela continúa con las mismas fuerzas que en un comienzo, con el apoyo del reconocimiento ganado tanto a nivel nacional como internacional.  Su hija Laura, sigue siendo quien la guía en cada paso. “Mi hija Laura es la que me inspira todos los días a cada hora. Porque está conmigo, porque recuerdo cada una de las palabras con la que nos convencía,  a su papá y a mí, de que lo que estaba haciendo era lo justo y lo que debía hacer a pesar de que supiera que podía morir. Llevo el dolor en el corazón pero llevo el orgullo porque con sus 23 años dejaba todo por el otro y quería un país feliz. Y también mis nietos que están juntos, en familia. Y mis compañeras, las Abuelas, que cada una trae su historia, que trae y da tantas cosas. Y tanta gente de este bendito país porque cada abrazo significa amor, calor y fuerza. Todo eso me inspira”.

La búsqueda continúa porque, aún quedan por encontrarse alrededor de 400 nietos. Pero como relata Estela, ya no son sólo las Abuelas las que los están buscando si no toda una sociedad comprometida e informada que ha adoptado su legado. “Nosotros hemos registrado hasta ahora 500 nietos que son buscados -no solamente Abuelas de Plaza de Mayo sino el Estado argentino mediante una comisión que se llama Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, que colabora en la búsqueda-. Quiere decir que faltan casi 400 nietos por encontrar todavía, falta muchísimo. Seguro que por la edad que tenemos las abuelas no vamos a terminar todos los encuentros, pero ya tenemos el relevo. Los nietos recuperados, nuestros otros hijos, los jóvenes… Este país está aprendiendo que la memoria no debe borrarse. Hay que recordar para que esto no vuelva a pasar”.

A su vez, su fortaleza se alimenta día tras día de sus objetivos, sus anhelos como mujer, madre y abuela de avanzar hacia una Argentina mejor, más justa e igualitaria. “Pero hay algo que me ayuda más todavía - y por lo que seguiré trabajando mientras pueda - que es dejar una Argentina mejor. No tener miedo. Y que los niños y los jóvenes, que son la preocupación de las abuelas, no tengan miedo de hablar, de pensar, de participar. Y que crezcan libres, que sus papás tengan trabajo, que coman todos los días, porque en otros lados hay niños que se mueren de hambre. Queremos dejar un país más digno para el futuro. Todo eso me da fuerza para seguir y mientras tenga vida, acá está Estela”.

Estela recupera la importancia de visitar las instituciones educativas para que los chicos y chicas puedan conocer lo acontecido en nuestro pasado reciente desde una fuente directa, aprovechando la riqueza que ello implica. “Los niños son los que necesitan respuesta y están en formación democrática, por lo tanto, tienen el derecho de que todos les contestemos esas dudas. Por eso nosotras, las Abuelas, visitamos mucho las escuelas primarias, secundarias y universidades para hablar con los que tienen derecho a saber. Necesitan saber la verdad(…) Memoria y educación están estrechamente ligadas a la libertad del pueblo”.

El sueño de Estela, sin lugar a dudas, está referido a la posibilidad del encuentro: “Sueño encontrar a mi nieto y lo espero minuto a minuto. Como tengo fe, pienso que Dios me tiene que dar esa enorme satisfacción lo antes posible para poder abrazarlo,  darle todo lo que junté para él durante tantos años, que sepa cómo eran su padres, cómo somos sus abuelos y cuántos países y lugares recorrí buscándolo. Darle todos  esos botones de todo el mundo, que tengo para él, remeras, llaveros que traje para Guido, porque ahí está la búsqueda, está el tiempo. Ojalá un día toque el timbre de esta casa y diga “quiero saber quién soy””.